viernes, 8 de julio de 2016

Peregrinos del Cristal: Lylth Whitewigs

Y aquí traemos a Lylth Whitewings, la adquisición más reciente de la historia. ¿Por qué tiene el cabello del color rosado de los cuarzos? ¿Y sus ojos espirales? Aprovechar para arreglar un fallo que hubo en el borrador, pues por un error de dedo este personaje antes se llamaba "Whitherwings" en vez de "Whitewings", como debía ser. Pero aquí ya está arreglado. Esperamos que os guste.



Nombre: Lylth Whitewings.
Edad: 19 años.

Día de Nacimiento:1 de Tríades del 3.880 d.N.

Grupo Sanguíneo: B+

Signo Zodiacal: El Búho.

Sexo: Mujer.
Raza: Al'bhed.
Altura: 1'68 m.
Peso: Se niega a revelarlo (60 kilos)

Color de Ojos: Verdes con la pupila espiral.

Alineamiento: Caótico Bueno.
Clase: Supuestamente Maga Blanca.

Armas: Lleva siempre un bastón de mago que es igual de alto que ella, y un cilindro retráctil que es una maza, aunque ese arma la usa en contadas ocasiones.

Mano dominante: Derecha.

Le gusta: Las cosas dulces, las cosas monas, los chicos guapos y sanos, los hombres con músculos suficientemente desarrollados como para que se note su musculatura. Los chismorreos. Los cuentos. Toda superficie de agua. Las cartas (Triple Triad), aunque siempre pierda, la historia.

Le disgusta: Los pervertidos. Las cosas feas. Los chicos enfermizos, débiles o feos. La gente poco interesante. Los bandidos. Los científicos. Perder a las cartas (Triple Triad).

Comidas Favoritas: Pizza de champiñones y tocino. Los dulces.

Comidas Odiadas: Lo picante. Casi todas las verduras.

Debilidades: No puede negarse a ayudar a la gente, ni resistirse a escuchar chismorreos. Si necesita hacer uso de sus encantos femeninos para conseguir lo que desea, los usa.

La misteriosa chica que vive en Tycoon, usando sus poderes para ayudar a los demás y de la raza extraña que atacó al grupo en el barco volador. ¿Por qué decidió seguir al grupo sin más? ¿Es quizás una espía? ¿O simplemente es una persona que desea ayudar de una manera más pura? Todo eso lo veremos conforme avance la historia.


lunes, 13 de junio de 2016

Capítulo XIII: Blanco y Rojo



Durante todo el viaje, Lomehin no quiso salir mucho del camarote. Hacía sus rondas como cada día, y trataba de mantenerse entretenido con una botella de licor cuando no tenía que hacer sus viajes. Él mismo se recriminaba esa actuación, pues el licor no conseguía mitigar el dolor. Muchas noches tenía ataques de ansiedad, y el alcohol hacía que fueran más duros. No rompió la silla por la borrachera, pero cuando sentía siempre que iba a estallar en su dolor, empezaban las lágrimas y el sueño sin sueños.

Unos días después, la puerta del camarote de Lomehin sonó con unos golpes, y se abrió. El caballero oscuro estaba con su armadura puesta salvo el yelmo, y miró al intruso, el capitán.

-Hemos llegado a Narshe. –Dijo el capitán. –Aquí nos tenemos que separar, ya que no vamos hacia el continente del oeste. Deberás tomar otro barco.
-Bien… Gracias por acogerme en el barco.
-Gracias a ti, Lomehin. –Dice el hombre y saca una bolsa pequeña de su cinturón, dándoselo al moreno. –Tu paga.
-Parece una bolsa muy pequeña. –Bromeó él tomándola. Cuando la abrió, vio que había varias joyas.
-Es más fácil llevar dinero en forma de gemas. –Contestó el capitán tomando la silla y sentándose delante de él. –Podrás cambiarlas por dinero conforme vayas necesitándolo.
-Es mucho más de lo que esperaba… -Contrariado, Lomehin pensaba que con eso podría vivir bien durante varias semanas. El capitán hizo un gesto para quitarle importancia.
-Salvaste más de una vez este barco, es lo mínimo que podía darte. Solo siento no poder llevarte hasta el oeste.

Lomehin se sintió reconfortado. La única persona con la que había hablado desde la muerte del niño había sido precisamente el capitán, y había entablado cierta amistad con él. Bebieron juntos, lloraron juntos, y lo más importante, rieron juntos. Pero sentía cierto malestar por el capitán.

-Ha sido un honor viajar en este barco. –Contestó Lomehin mientras se levantaba y guardaba la bolsa de joyas en un pequeño zurrón que le había dado precisamente ese hombre.
-Gracias a ti conseguimos salir airosos. –Secundó el capitán, y ambos estrecharon fuerte sus manos a modo de despedida.

Cuando salió al sol, tuvo que cerrar los ojos un momento antes de que sus pupilas se acostumbraran. Bajó las escaleras saludando a los marineros y despidiéndose, pensando en lo mucho que había cambiado en un único viaje. Caminó por la nieve cuando salió del puerto, y miró a lo lejos la ciudad. Le gustó lo que vió. Desde que llegó a Gaia había visto los rudimentos de la tecnología mágica, pero nunca había visto algo que se acercara a lo que él conocía. Sin embargo Narshe le recordaba las épocas estudiadas cuando era niño. Muchas casas tenían chimeneas que soltaban vapor, y varios molinos de viento y de agua funcionaban en el lugar. Era un lugar regio, donde todas las casas eran parecidas pero de muros gruesos para evitar el frío. Un lugar perfecto para alguien que está acostumbrado al frío. Por una vez, dio gracias por tener un disfraz tan bien hecho.

El mercado de Narshe estaba a las puertas de la ciudad, y la gente estaba agolpada frente a los diversos tenderetes y puestos que vendían sus productos. Le ofrecieron de todo, desde afilar sus armas, pulir su armadura, hasta un corte de pelo, pero él tan solo se detuvo enfrente de un joyero. Cambió por dinero varias de las perlas que consiguió en el viaje y un par de las joyas que ganó en el barco, y consiguió dinero suficiente para poder viajar en barco otra vez. Después de eso, los mercaderes intentaron venderle hasta a sus hijas, agobiándolo e impidiendo caminar al moreno. Empezó a hacerse camino con sus manos, apartando a la gente con fuerza y cansado de los gritos. No conocía la ciudad, pero cuando vio un callejón oscuro lo aprovechó y se metió dentro entre algunas maderas. Vio pasar a algunos de los mercaderes corriendo mientras retrocedía él por el callejón, suspirando con fastidio.

-¿Qué demonios pasa en esta ciudad? –Se preguntó a sí mismo.
-Eras un buen objetivo… -Contestó una voz no muy lejos de él. –Un tipo solitario que ha llegado a esta ciudad.
-Un aventurero perdido más. ¿Quién te echará de menos? –Preguntó otra voz, no mucho más lejos de donde él había entrado.

De entre las sombras, dos figuras impidieron el paso o la huída de Lomehin en el callejón. Un chico por delante y una chica por detrás, ambos con un cabello rubio muy caracterísitico y unos ojos verdes con pupilas en espiral. Sus armaduras eran muy peculiares. Unos tejidos que parecían muy elásticos, y con varias partes cubiertas por metal entretejido en la piel. Sus yelmos eran extraños, dejando ver mucho cabello y unos lentes en la cabeza. Lomehin frunció el ceño ante esos posibles bandidos, y tomó la espada, empezando a desenvainarla.

-¿Qué pasa, el señor guerrero tiene miedo? –Preguntó la chica que dejó escapar una sonrisa. El chico rió fuerte.
-¿Guerrero? Si no es más que un crío al que hay que darle una lección para refrescarle la memoria.
-¿Qué se supone…? –Empezó a decir él, pero los dos intrusos saltaron sobre él.

Sacó completamente la espada e hizo un movimiento amplio para intentar golpear a ambos. El callejón no era pequeño, lo suficiente para una pelea, pero de todos modos era molesto. Ambos saltaron ante el corte del caballero oscuro, e intentaron golpearle. La chica lanzó una patada, que Lomehin detuvo con el guantelete de su armadura, y el chico intentó golpearle con un puñetazo pero lo esquivó apartándose. Lanzaron un gran número de movimientos que el caballero oscuro esquivaba sin problemas, hasta que los dos extraños se detuvieron, resoplando por el esfuerzo, mientras que Lomehin se puso la espada en el hombro, fresco como una rosa.

-¿Quiénes son los mocosos sin educación ahora? –Preguntó con una sonrisa macabra él.

Los otros dos sonrieron, y la chica desenfundó un extraño instrumento. Lomehin abrió los ojos impresionado y comenzó a retroceder, ya que sabía que algo extraño estaba por suceder. Una gigantesca bola de fuego salió del aparato metálico directa hacia él. Saltó hacia un lado, rodando por el suelo sin perder la postura de defensa. Miró de reojo. La pared detrás de él tenía un gran cráter que por poco conseguía atravesar la gruesa pared de piedra típica de los edificios de Narshe.

-Maldita sea, he fallado por muy poco… -Se quejó la chica. -¿Por qué no se estará quieto?
-Yo me ocupo de ello. –Le dijo el chico sacando un par de dagas de su espalda.

Se lanzó hacia él con las armas preparadas, y lanzó varios ataques que Lomehin detuvo con su espada sin mayores problemas, hasta que el enemigo se agachó dejando ver como otra bola de fuego se abalanzaba hacia Lomehin. Su armadura actuó primero, haciendo aparecer su yelmo, y cerró los brazos.

Recibió el impacto directamente.

-¡Fuegos artificiales! –Gritó la chica bajando la extraña arma.

Pero al disiparse el humo de la explosión, ambos vieron como la figura de Lomehin caminando a través de la niebla con fiereza. Ambos se pusieron pálidos.

-Se acabó el juego, Terranos.

El caballero oscuro se lanzó como una pantera encima del chico, que instintivamente se cubrió del corte con sus cuchillas. Estas se partieron ante el fuerte ataque y el metal oscuro mordió la carne del muchacho en el pecho, lanzándolo hacia atrás. El paladín oscuro no se detuvo, y saltando por encima del herido lanzó un conjuro de electricidad que golpeó en plena arma de la chica, la cual estalló en sus manos. Ambos cayeron al suelo en cuestión de segundos, y al mirar hacia arriba, la rubia vio como la hoja morada, casi negra de Lomehin estaba apuntando a su garganta, demostrando así su superioridad.

El ambiente se contrajo. A la chica le dio pánico y se puso blanca, pensando que iba a morir. Sin embargo todo estaba más pesado de lo normal. Notó como el caballero oscuro miraba hacia los lados, como si sintiera que hubiera alguien más mirando. El corazón de la chica latía con una velocidad endiablada y una lágrima de temor surgió en sus ojos. Lomehin levantó la espada oscura y ella se tapó la cara con los brazos, gritando por piedad en una extraña lengua.

El golpe no llegó nunca. Cuando abrió los brazos, asustada, ya no estaba el de negra armadura. Respiró con rapidez, intentando recuperar la compostura, pero le era demasiado difícil. Nadie le dijo que esa misión sería tan peligrosa. Desde que llegó a Narshe solo tuvo que preocuparse de ladrones de taberna y gente idiota, pero aquello… Aquello había sido casi mortal.

Se movió en dirección a su compañero. El corte en el pecho era aparatoso, pero no parecía mortal, por lo que ambos se levantaron, temblando, aunque no por el frío de la ciudad norteña.

-Por Minerva… Pensé… pensé que íbamos a morir… -Dijo en un susurro la chica agarrándose de los brazos. El chico asintió.
-Pero no entiendo por qué no nos dio el golpe de gracia…
-Porque es más de lo que vosotros esperabais… -Los dos miraron hacia atrás, a las sombras, e hicieron una inclinación. Una figura, alta, envuelta en oscuridad, los miraba con unos ojos rojos llenos de desprecio. –Su naturaleza le hace sentir el poder de otros seres cercanos a él, por eso se marchó. Aunque deberíais ser vosotros, Terranos, los que merecierais un castigo por mi parte. –Ambos jóvenes temblaron de miedo. –Con mi apoyo, mi enseñanza de este mundo, incluso dejándoos traer parte de vuestra tecnología, y estúpidos de vosotros no sois capaces ni de agrietarle la armadura. ¿Es esa la tan reputada forma de lucha de los Al’bhed? Pensé que vuestro objetivo era más fuerte que este miedo.

Los dos chicos se quedaron callados. El silencio solo se rompía por el pequeño goteo de la herida del muchacho. Después, un fuerte suspiro vino del ser de ojos rojos.

-Marchaos. –Empezó a decir al mismo tiempo que su figura empezaba a desdibujarse en el fondo sombrío del callejón. –Vigilad esta ciudad. Curaos las heridas si no son mortales. Y si aparece de nuevo por aquí, avisad al mando central, ellos me darán las noticias.
-Sí, lord Lemnar.

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Lomehin corría por los tejados, sin ser visto por los habitantes de Narshe, y caía al suelo después de diez minutos de estar ahí arriba. Su cuerpo todavía estaba temblando, y su corazón parecía un chocobo desbocado. No entendía bien del todo qué había provocado esa reacción en su cuerpo, aunque había sentido una presencia muy poderosa, arcaica… peligrosa. No habían sido los dos niñatos que venían de Terra, eso estaba claro, porque era la presencia de un ser ancestral, y en Terra casi no quedaba magia salvo la manufacturada. Por lo tanto lo mejor que podía hacer era salir de ahí corriendo.

Su armadura soltó un pequeño destello oscuro y se guardó, mostrando su ropa de invierno. Su espada a su costado tintineaba con cada paso que daba y temía que las grietas de su arma se agrandaran. Afortunadamente sus enemigos tenían armas de malos materiales y gracias a eso pudo derrotarlos fácilmente.

Caminó entre la gente dirigiéndose hacia los muelles de nuevo. En Narshe eran inmensos, y estaban llenos de todo tipo de personas, desde el bandido típico que busca algo de comer a punta de navaja hasta los que parecían miembros de la alta sociedad de Narshe. Muchos eran mecánicos que trabajaban en la tecnología mágica que existía en Gaia. Los comerciantes que lo siguieron antes lo encontraron de nuevo e intentaron acosarle otra vez, pero esta vez simplemente se dedicó a comprar cosas en un tenderete. Varios trozos de carne seca y fruta para ese día, y unas cuantas probetas de pociones necesarias por si tenía que luchar de nuevo. También estuvo mirando varios de los objetos que un puesto ofrecía, parecidos a objetos de arcilla con formas extrañas. No sabía si le servirían, pero compró algunos.

Sin embargo se quedó embobado mirando un objeto en uno de los puestos con más objetos mecánicos que había. Muchos tenían engranajes y parecían motores, pero se percató de que en una pequeña vitrina había cinco relojes de oro. Pero no relojes de arena como se esperaría, si no relojes de bolsillo mecánicos. Se preguntó cómo había llegado hasta ahí esa tecnología, pero imaginó que poco a poco iban avanzando. Compró uno. Le gustaba saber qué hora era.

Escuchó conversaciones ajenas y se rió o preocupó al escucharlas. Miró al cielo y vio gaviotas. El mar azul oscuro y tranquilo que golpeaba los pilares de madera del puerto. Escuchó las olas, olió la sal. Se paró en mitad del camino y estiró los brazos con los ojos cerrados. Solo oía las olas. No sentía nada de nada, solo calma, solo paz. Algo que no había sentido desde que murió el pequeño.

Todo eso se rompió cuando alguien le golpeó en el costado izquierdo, llevándoselo por delante y tirándolo al suelo, cayendo con él.

-La madre que… -Empezó a decir Lomehin

Pero se contuvo al mirar quién estaba encima de él. Una humana. No, una elfa, por sus estiradas orejas y su altura cercana a la de él. Se mordió la lengua y la ayudó a levantarse. Llevaba una rica tela verde y dorada, la cual le recordaba a la ropa que llevaba Onizuka hace ya tanto tiempo que parecía una vida distinta. Sus cabellos eran rubios, prácticamente dorados, y sus ojos azules como el cielo despejado hicieron que un escalofrío le recorriera la espina dorsal al caballero oscuro.

-Lo siento mucho, señor. –Dijo atropelladamente la muchacha mientras se quitaba el polvo de la caída. –Mi barco está a punto de zarpar, y creía que lo bia a perder. No me he fijado, no le he visto. ¿Se encuentra bien?

Él tan solo sonrió ante la mirada de la mujer, porque no conseguía articular palabra. La miró con detenimiento mientras ella se acomodaba el cabello despeinado por la caída y se lo ataba en una cola de caballo. Su falda era parecida a la que llevaba el samurái, un pantalón amplio con bordes dorados y de verde jade el resto. Llevaba unos guantes que podrían ser perfectamente de monta, y un pequeño colgante dorado con forma de torbellino le adornaba el cuello, casi tocando los senos. En ese instante reprimió una carcajada, pues si Onizuka hubiera estado con él, habría analizado a la chica de arriba abajo… justo como estaba haciendo él. Se medio ruborizó cuando ella volvió a mirarlo.

-¿Se encuentra bien? –Volvió a preguntar la chica, esta vez tocándole el brazo con la mano. Ese contacto lo hizo reaccionar.
-Si, si… -Contestó este tomándola de la mano y dándole unas palmaditas. Miró hacia el lado y pudo ver un sombrero con plumas doradas en el suelo. Se apartó de ella y lo tomó, girándose a la chica. -¿Es tuyo?

La chica se limitó a sonreír dulcemente y cerrando los ojos, asintió. Cuando los abrió, vio que tenía el sombrero en sus manos y el extraño hombre que se lo había dado después de chocar se estaba alejando con velocidad directo hacia uno de los grandes barcos del puerto.

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Dos horas más tarde Lomehin respiraba profundamente apoyado en la borda de un barco que se alejaba del puerto de Narshe. Había encontrado pasaje en un barco pequeño que se dirigía a Tycoon, en el continente del oeste, y no tenían problemas para aceptar también chocobos. Viajaba poca gente y eran personas tranquilas. Muchos de ellos se notaba que eran gente pudiente, y algunos parecían incluso comerciantes que llevaban sus mercancías en ese transporte. Se dio la vuelta y miró la cubierta. Unos niños de unos cinco años corrían unos detrás de otros intentando agarrarse, y una extraña sonrisa se dibujó en la cara mientras observaba a los críos como se metían entre los adultos para intentar escapar de sus perseguidores, como dos de ellos se agarraron a unas piernas y gritaban que estaban en “casa”. Los padres regañaban a los niños para que soltaran a la señorita y esta, entre risas, decía que no pasaba nada. Lomehin se fijó en las piernas de la chica… Llevaba pantalones amplios, de bordes dorados y color de jade. Se preguntaba donde había llegado a ver esa extraña combinación de colores cuando, subiendo la vista, se encontró con la chica de ojos azules con quien se tropezó ese día. Se giró casi con brusquedad para evitar ese calor que subía por sus mejillas. ¿Qué le pasaba? ¿Vergüenza? ¿Temor? Estaba ruborizándose como un niño humanoide mientras pedía a los dioses que ella no le hubiera visto, o mejor, que no lo hubiera reconocido.

Lo único que pensaba en aquel momento era en que no le hubiera reconocido. Y sin embargo, cuando sintió la mano en su espalda, sintió cierto alivio al ver a la chica sonriente detrás de él. Su semblante estaba colorado como un tomate mientras miraba alrededor, intentando no hacer contacto visual con ella. Al final la miró y agachó la cabeza.

-Hola…
-Quería darle las gracias. –Empezó a decir ella con una sonrisa cálida. Llevaba puesto el mismo sombrero que casi había perdido esa mañana. –El problema es que cuando quise hacerlo, ya había desaparecido al fondo… aunque viendo que estamos en la misma embarcación imagino que llegaba usted tarde también. –Aquella sonrisa estaba haciendo que Lomehin se derritiera, pero consiguió mantener su cara con una sonrisa calmada.
-Si… tenía prisa… -Contestó él.
-¿Cómo? –Contestó ella acercándose un poco, como si no hubiera oído. Él se sonrojó un poco.
-En el muelle… Me fui corriendo, tenía prisa… Perdía el barco… -La risa de la chica fue como agua cristalina, y él perdió todo el rubor.
-Igual yo. Por eso me choqué con usted. –Dijo entre risas. –Qué casualidad que fuera el mismo barco. ¿Verdad?

Lomehin tan solo rio junto a ella.

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Los días iban pasando y los dos pasaban horas enteras en la cubierta, hablando, riendo y jugando con los niños. Ella seguía siendo la “casa”, el lugar donde se encontraban a salvo de los perseguidores, e incluso era la “casa” para Lomehin. Siempre que llegaba cierta hora de la tarde él solía correr hacia ella y la abrazaba con fuerza, dando vueltas en el aire. Durante unos segundos todo su mundo se quedaba en blanco, mientras él se perdía en los ojos celestes de ella, hasta que se daba cuenta de que se había quedado con ella en brazos y la dejaba en el suelo, ambos soltando una carcajada.

Sin embargo, un día se levantó una fuerte tormenta y nadie parecía atreverse a salir del camarote por los bandazos que pegaba el barco ocasionados por las olas del mar. Algunos de los pasajeros habían decidido quedarse en la cama por el fuerte mareo que les estaba provocando la tormenta.

Lomehin también estaba tumbado en la cama, pero no por mareo. El movimiento de la tormenta no le molestaba en lo absoluto. Estaba estirado en su cama porque no sabía qué hacer. Ningún niño estaría jugando en la cubierta, obviamente sus padres no lo permitirían con ese tiempo, y la chica elvaan seguramente estaría mirando por la ventana sin mojarse para nada.

Miró al techo durante un rato. ¿Qué le estaba pasando con aquella muchacha elfa, cuyo nombre incluso desconocía? Desde el momento en que la vio en el puerto, su corazón empezó a latir con fuerza y su mente no funcionaba bien. Sentía perderse en los ojos de ella, y deseaba estar más tiempo a su lado. ¿Por qué? ¿Acaso era una sensación de su cuerpo humanoide? Una vez más, no sabía si odiar a Lemnar por su disfraz, o darle las gracias…

Se levantó de su cama y se colocó la capa. Estar en su camarote le estaba haciendo sentir encerrado, de una manera figurada y no solo literal. Abrió la puerta y salió al pasillo, el cual estaba vacío y solo se veía de vez en cuando a algún marinero manteniendo el equilibrio por el vaivén del barco. Lomehin también tenía alguna dificultad, aunque no tanta como los que estarían en sus camas.

Al girar una de las esquinas para ir hacia las escaleras, se encontró de frente con la muchacha, que se sujetó a él para evitar caerse. Él la tomó de los brazos con una sonrisa.

-Hola. –Dijo ella con una gran sonrisa.

Pero Lomehin no pudo contestar, ya que en ese momento el barco volvió a cambiar de dirección con mucha brusquedad. Uno de los cuadros de la pared se descolgó y fue directo hacia ellos. El moreno se movió instintivamente, cubriendo a la chica con su cuerpo, y el cuadro lo golpeó a él en la cabeza, rompiendo el cristal en fragmentos filosos, incrustándose en varias partes del cuerpo del caballero oscuro. Este gruñó al sentir el vidrio morder su carne, mientras que la chica lo miró preocupada. Lo tomó de la mano y tiró de él hacia una puerta de un camarote que él desconocía, y al entrar, pudo ver una habitación muy similar a la suya, pero con enseres femeninos dentro.

-Siéntate. –Pidió ella una vez cerró la puerta. –Voy a curarte las heridas.
-No te molestes… Es solo un par de rasguños. –Le contestó él tragando saliva.

Pero ella no hizo mucho caso a las palabras del moreno. Tomó un recipiente con agua que todavía se veía caliente por el vapor y lo puso en la mesa, y mientras sacaba unas pinzas miró a Lomehin con una mirada inquisitoria, y señaló la cama a su lado. Él suspiró, pero con una sonrisa se sentó donde ella le decía, y con las pinzas la elvaan empezó a quitarle los trozos de cristal, dejándolos en la cubeta de agua caliente. Una vez que sacó todos, las manos de la chica empezaron a emitir una luz turquesa y empezó a cerrar las heridas con una sensación muy cálida. Ambos miraban como empezaban a cerrarse los daños, pero también se miraban entre ellos de reojo y sonreían.

El barco dio un nuevo empujón brusco, y ella perdió el equilibrio y acabó encima del pecho de Lomehin, mientras este la tomaba en sus manos. El moreno sentía como la respiración se le hacía más pesada, pero también la de ella. Su corazón empezó a latir incluso más rápido que cuando estaban simplemente juntos, mientras se miraban a los ojos.

Antes de poder pensar en algo, ambos se fundieron en un beso que para el caballero oscuro duró una eternidad.

Cuando se separaron, ambos estaban con las mejillas encendidas. Lomehin no sabía cómo proceder, y la vergüenza le carcomía, así que cuando se levantaron, él comenzó a irse hacia la puerta con intención de irse y aclarar sus ideas. Pero se detuvo cuando sintió los brazos de ella abrazarlo por la espalda. Cuando volvieron a mirarse, se besaron una segunda vez, mientras retrocedían hacia la cama de ella.

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El sol empezaba a despuntar por el oeste, a la derecha de Hassle. Había tardado más de lo que había calculado por culpa de los monstruos, pero gracias al hecho de que iba volando pudo llegar con relativa facilidad a sus destinos intermedios y poder ir cobrando y consiguiendo información de sus compañeros del gremio.

Bostezó con fuerza, pues llevaba días que estaba sumido en sus pensamientos. Había perdido semanas atrás su sombrero, y todavía no había podido reemplazarlo por alguno que le gustara, pues todos los que encontraban estaban hechos para gente sin orejas largas, y si quería uno para viera debía pagar para hacerlo por encargo, y no tenía ni el tiempo ni el dinero para ello, así que llevaba ya casi un mes sin su sombrero, y había descubierto lo útil que resultaba cuando andaba volando para que sus cabellos no se movieran como locos.

Pero lo que más molestaba al mago rojo no era no conseguir uno, si no haber perdido el anterior, ya que tenía valor sentimental para él. Cuando había empezado su andanza como cazarrecompensas, viajó hasta Cañón Cosmo solo sabiendo algo de espada y algo de magia blanca, y una vez allí conoció a aquel que le enseñaría la profundidad de la magia… después de que le enseñara a las malas la profundidad del uso de la espada.

Vio a lo lejos las últimas luces de Tycoon y la del faro, e hizo que Sugoi empezara a descender mientras recordaba a su maestro. Era alguien muy misterioso, nunca hablaba de sí mismo, pero compartió con él muchos de sus secretos. Cuando lo conoció, llevaba una fina armadura de escamas rojizas, pues en un giro irónico del destino, él era un draconarius rojo, un dragontino con conocimientos de magia roja. Su cabello era largo y blanco como la luna, con algunas arrugas en el rostro pálido, y unos ojos rojos como las llamas. Desprendía vitalidad y sabiduría, y una fuerza increíble que pocos podrían superar. En su inexperiencia, Hassle trató de vencerle en un combate de beber, pero terminó arrepintiéndose cuando, borracho perdido, le había intentado golpear mientras él no dejaba de reírse, completamente sobrio. Desde aquel día, lo tomó bajo su ala y empezaron a viajar hacia su Narshe natal, en el lejano y nevado norte. Durante todo su viaje pararon por muchas ciudades y pueblos, especialmente para seguir con su instrucción y para probar licores, cosa que a ambos apasionaba, y su maestro no solo le enseñó magia, sino también a usar las armas, a cocinar, a forjar armas y armaduras, el lenguaje de los dragones… Le enseñó todo lo que necesitaba, y cuando llegó el día, él mismo le hizo su ropa y su sombrero de mago rojo… Era uno de los pocos recuerdos que le había dejado aquel dragontino de armadura roja antes de su muerte.

Llegó hasta Tycoon cuando el sol empezaba a iluminar el agua con destellos dorados. Le gustaba mucho aquella hora del día, junto al del crepúsculo, porque en el mar parecía que hubiera un fuego dorado hermoso. Hizo descender a su chocobo en la zona de aterrizaje de los drakos de viento. Desde hacía tiempo todas las ciudades importantes tenían ese tipo de plataforma, pero lugares como Burmecia, Baron y Tycoon las tenían mejor cuidadas gracias al hecho de que los dos primeros reinos eran expertos en dragontinos y el tercero tenía una gran fama como domadores. Para muchos que viajaban por el mundo volando, fuera con un chocobo negro, un drako de viento o cualquier tipo de montura voladora era algo que agradecer, e incluso había oído rumores de que pronto iban a empezar a hacer carruajes livianos para usarlo con bestias voladoras, como alternativa a los barcos voladores. Pero solo había escuchado eso, rumores.

Se bajó de Sugoi de un salto y miró hacia los lados. Jinetes de drakos de viento, domadores de hipogrifos, vio hasta algún que otro chocobo negro similar al suyo. Tomó de nuevo el silbato y se despidió de su montura, la cual se marchó hacia el firmamento, en dirección al bosque más cercano. Nunca se preocupaba por él cuando se separaban, puesto que Sugoi era un chocobo muy bien entrenado. Sabía luchar y sabía magia. No podía tener un mejor compañero de viaje.

Se rascó la cabeza pensando en qué debería hacer primero, pero se dirigió directamente hacia la posada más cercana a la embajada de Baron. Si su contacto le había informado bien, puede que todavía tuviera un tiempo antes de que llegaran, así que iba a pedir una habitación y algo para comer… estaba hambriento después de la última noche de comer solo una sopa de hierbas medicinales y un poco de ron barato que todavía le quedaba de haberlo comprado en Wutai del Oeste.

Como esperaba, la posada era de buena calidad, y sus precios estaban a la altura, pero tenía un pequeño pozo para esos imprevistos, y después de pagar y de negar educadamente la compañía de una señorita, pidió que le llevaran algo de comida consistente a su habitación. Al entrar, no pudo más que suspirar al ver la cama, y después de quitarse la pesada ropa de viaje y de comer carne en abundancia, empezó a leer la información que su amigo en el castillo de Baron le había proporcionado. Empezó a leer y a leer para memorizar la forma física de la persona que debía de encontrar y así poder unirse a él, pero sonrió cuando llegó a su forma física. Tenía el cabello blanco, igual que su maestro, así que sería fácil de identificar.

Dejó sus notas en la mesa de la lujosa habitación y se fue al cuarto de baño para meterse bajo el agua. Mientras se limpiaba a conciencia fue pensando en que esa oportunidad era una de entre un millón, así que debía de esforzarse en causar una buena impresión. Después de desenredarse el cabello y atárselo en una trenza, salió mientras dejaba su ropa para el servicio de limpieza, y usaba algo de ropa prestada por la posada para descansar. Luego, se dejó caer en la cama y se quedó dormido casi al instante.

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Estaba sentada en la mesa del salón, llevando solo una suave túnica blanca con un cinturón unido a una bolsita, con los pies descalzos, leyendo uno de los libros que había sacado de la biblioteca. Suspiró con fuerza mientras se levantaba y caminaba hacia la cocina moviendo las caderas al ritmo de la música de los bardos que habían en la taberna de al lado. Había veces en las que los gritos y las borracheras eran un incordio, pero para una maga blanca, vivir al lado de una taberna era una fuente de ingresos constante. Cuando un borracho entraba en coma etílico o cuando alguien le rompía una botella de cerveza en la cabeza a otro alguien, siempre la terminaban llamando a ella para curar a dichos sujetos, y como estaban cerca de las embajadas, siempre le soltaban alguna propina por mantener la boca cerrada, ya que algunas veces esas personas solían ser personalidades importantes, nobles o burgueses de alto poder económico.

Tomó una jarra con algo de vino y tomó un pequeño sorbo, soltando un suave suspiro de satisfacción mientras se la llevaba de nuevo a la mesa para seguir leyendo, pero se detuvo un momento ante el espejo. Su piel pálida, casi blanca, era algo que no llamaba mucho la atención en aquella ciudad, pero su cuerpo atractivo, forjado por el ejercicio, y sus cabellos, de un fuerte rosa chillón, sí hacía que la gente se girara para verla, incluso sin ver todavía sus ojos, verdes como la hierba pero con una pupila extraña en espiral. Se dio la vuelta para verse las piernas por detrás, entrenadas desde que era niña, y sonrió lanzando un beso a su reflejo mientras volvía a mirar hacia delante, viendo el extraño tatuaje que tenía en el vientre, cerca del ombligo. Se tocó esa marca extraña con los dedos. Tenía la forma de un cristal alargado de color azulado y negro, pero no había visto a nadie más con una marca como aquella. Se encogió de hombros y volvió a caminar al son de la música hasta sentarse.

Desde que la mujer que la acogió cuando era pequeña, una antigua Devota enana, murió dejándole todas sus pertenencias, se había quedado ahí ofreciendo sus servicios como maga blanca y curandera, y ocasionalmente como maestra, ya que muchos niños de los barrios bajos no podían permitirse una escuela, aun cuando las más baratas fueran hechas para eso, para ser baratas… Pero había algunos que ni siquiera tenían para esas cuotas, y ella enseñaba lo que podía con lo que tenía. Podría haberse ido a vivir con su familia adoptiva, pero sentía que le debía algo a esa ciudad… aun cuando amaba con locura a sus nuevas hermanas, su nueva madre, y aunque no lo hubiera visto nunca, a su nuevo padre.

Estaba a punto de tomar otro sorbo cuando un golpeteo rápido la despistó, y dejando la jarra se colocó su capa y unos zapatos cómodos de estar por casa para abrir. Se encontró con uno de los niños a los que enseñaba, de nombre Tatl. Lo conocía desde que había nacido, ya que había sido ella quien había ayudado a su madre, Mia, a dar a luz. El niño había sacado mucho de su madre, como el cabello ceniza típico de los lunarians, aunque los ojos almendrados eran iguales a los de su padre, el cual había puerto poco después del parto de una herida infectada mientras cazaba.

Sin embargo, la cara de preocupación de Tatl no le gustó nada.

-¿Qué ocurre, Tatl? ¿Estás bien?
-Lylth, mi abuela está muy enferma… -Dijo el crío, con algunas lágrimas en los ojos. –No para de toser y a veces hasta escupe sangre. ¿Qué hago? ¿Cómo puedo curarla?
-Primero tranquilíziate, Tatl. –Dijo con una sonrisa la chica, y le acarición la cabeza. -¿Qué pasa? ¿Acaso Mia no le dio las pociones necesarias? Tu madre es igual de maga blanca que yo.
-Se las tomó, pero sigue empeorando… -Dijo el niño tomándola de la ropa y tirando de ella. –Tienes que curarla, Lylth, deprisa.
-Espera, espera. ¿Qué ocurre con tu madre? –Preguntó la muchacha ahora preocupada. Que el niño no hablara de su madre no le gustaba nada.
-Mamá… mamá fue reclutada por los “Culebras”. –Dijo el niño llorando. –Lleva tres días sin aparecer por casa…
-¿Los “Culebras”? –Preguntó más preocupada que antes. -¿Por qué esos bandidos querrían a tu madre?
-No lo sé. Dijeron algo de que debía pagar su deuda con ellos trabajando. ¿Qué le van a hacer a mi mamá, Lylth? –Las lágrimas del niño ahora ya surgían con fuerza.

Lylth acarició la cabeza del chico con ternura antes de soltarse e ir hacia una de las alacenas donde guardaba las hierbas y las pociones. Tomó una de ellas en un frasco de un color azul con algunas flores rojas dentro, y se lo dio al muchacho.

-Mira Tatl. Pondrás este frasco a calentar en el fuego, a baño maría, hasta que el interior parezca morado, casi rosa, y le das de beber a tu abuela un vasito pequeño cuando se enfríe. ¿Has entendido?
-¿Esto curará a mi abuela? –Preguntó el crío soltando la túnica de la chica y tomando la botella.
-No, pero empezará el proceso y me dará tiempo a llegar. De todos modos, iré a buscar a tu madre.
-¿Lo prometes? –Preguntó el niño.

Ella no dijo nada, solo sonrió, y eso hizo que el niño saliera corriendo para su casa, mientras dejaba a la chica suspirando, nerviosa. Recordaba tan bien a su madre… Mia era una muchacha no mucho mayor que ella, aunque no llegaba a los 22 años. Cuando era una cría tuvo el desliz de acostarse con su novio y tener a Talt, y desde entonces habían vivido juntos hasta que un accidente de caza se llevara a su marido.

Fue hacia su habitación y tomó su báculo y su ropa de calle para equiparse. Metió en su bolsa varias pociones de todos los tipos que ella conocía y tomó una pequeña cuerda roja que simbolizaba al gremio de magos blancos de Tycoon con su nombre: Lylth Whitewings. Mientras se la ataba en la muñeca su mente pensaba a mil por hora… ¿Cómo salvar a su amiga de aquella banda de bandidos que aterrorizaban los suburbios de Tycoon?

Guardó en su bolsa también el cilindro mágico que formaba su segunda arma, un poderoso martillo de guerra, el cual aprendió a usar de la mujer enana que la crió. Su madre adoptiva nunca aceptó que usara ese tipo de armas, ya que era demasiado aparatosa, pero sabía que si su padre adoptivo lo hubiera visto, solo se hubiera reído. Una vez lista, se ató la capa y se empezó a peinar los cabellos en un moño con cola en ella, mientras recordaba la primera vez que esos bandidos se pusieron en contacto con ella. Fue cuando su abuela empezaba a no poder curarse por si misma debido a la edad, y esa gente llegó diciendo que pronto debería trabajar para ellos. Pero ella no se dejó amilanar al igual que otros tantos magos, y les dio una lección que no olvidaron nunca. Sin embargo, algunos magos con menos ingresos terminaban en sus garras, sobre todo los que vivían en los suburbios de la parte trasera de la biblioteca nacional de Tycoon.

Cuando Mia le dijo que su madre estaba enferma, sin embargo, Lylth estuvo ayudándola gratuitamente, ya que su amiga no ganaba tanto como ella. No le extrañaba que tuviera alguna deuda, pero nunca pensó que tuviera una con las Culebras. Tenía una buena reprimenda preparada para ella.

Sin embargo, cuando abrió la puerta y salió, se quedó quieta mirando a lo lejos… y sonrió. Sonrió como hacía años que no lo hacía. Cuando vio a esos dos entrar en la posada, se tomó de la capa y fue corriendo hacia allá.

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Después de todo el mes viajando en el barco, el grupo pudo ver a lo lejos la enorme estructura que era el palacio de Tycoon, y la isla que estaba unida por un puente al continente, donde residía el Templo del Viento Eterno. Algunos suspiraron de alegría al ver tierra firme.

-Por fin… -Suspiró Kahad. –Por fin podré salir de esta horrible cosa…
-Oh, vamos, ni que haya sido tan duro. –Dijo Dreighart riendo.
-Díselo a mi estómago, que no quiso estar quieto en todo el viaje…
-Tendrás que entrenar para mejorar tu resistencia. –Dijo Ylenia. –Es posible hacerlo, es igual que el mareo a volar.
-Si fuera posible, quisiera no volver a subirme a un barco en lo que me queda de vida…
-Lo mejor para el mareo es una buena cerveza. –Dijo entonces Onizuka riendo. –Me informé de que hay una buena posada no muy lejos del puerto. Podríamos ir allí y comer algo.
-Suena bien…
-No, primero hemos de ir a la embajada de Baron. –Dijo Ankar entonces. –Allí deben estar nuestros chocobos.
-Oh, entonces… ¿Qué hacemos con la cerveza?
-Hay una posada cercana a la embajada, una bastante buena, la verdad. Y no está muy lejos de la biblioteca nacional de Tycoon.
-Yo necesito un látigo nuevo. –Dijo de repente Emberlei, mostrando el suyo. –El mío, por algún motivo, se estropeó.
-¿Cuándo fue la última vez que le diste mantenimiento? –Preguntó la guerrera. –Los látigos necesitan un buen mantenimiento de engrase y arreglar las costuras rotas. Sobretodo después de haber estado tanto tiempo en el mar como hemos estado nosotros, el salitre puede afectarlo y estropearlo.
-¿Manteni… qué?
-Vale, eso lo explica todo…
-Como se nota que sabes de látigos…
-Mejor cállate Onizuka.

El sonido  de las olas acompañaba el barco junto al graznar de las gaviotas. No tardaron mucho en poder desembarcar y poder dislumbrar el mercado del puerto. Pasaron por él comprando algunas cosas y víveres, y buscaron algunos látigos para Emberlei, pero sin ninguna suerte. Tuvieron que tirar a la basura la pobre arma ya destrozada, mientras que la maga se resignaba a tener que usar su báculo o su daga como únicas defensas físicas.

Después de tomar algunas provisiones se dirigieron a la embajada de Baron, donde pudieron encontrar a sus chocobos, solo para dejarlos de nuevo en el establo de la posada más cercana a la embajada, y cuando entraron, el grito que pegó Onizuka asustó a varios del interior, hasta hizo detenerse a los bardos que tocaban.

-¡Posadero! ¡Tráeme una jarra de licor de fuego, que me lo bebo todo entero!
-Viajar por mar parece afectarle más de lo normal… -Dijo Dreighart riendo mientras los músicos volvían a tocar, pero de repente se quedó quieto. Se acercó a Ankar y susurró. –Ankar… alguien nos vigila.
-¿No será que solo mira el espectáculo? –Preguntó el albino, aunque mandó su telepatía solo para ellos.
-No… además, no había visto nunca a un viera masculino.

Cuando se sentaron, el albino pudo mirar bien a quién se refería Dreighart. Un viera masculino, con ropas de mago rojo, estaba en la barra mirando donde estaban tomando lugar ellos, mientras tomaba una cerveza espumosa en su jarra.

-Es raro ver vieras masculinos. –Dijo entonces Kahad, que también se había percatado de la mirada carmesí. –Aunque no es inusual…
-Tengo entendido de que hay muy pocos. –Dijo Dreighart.
-Así es. –Dijo entonces Ankar. –Solo un cinco porciento de la población viera es masculina, por eso se dice que no hay vieras masculinos, pero porque son muy andróginos y parecen mujeres.
-Al principio pensé que era una viera, pero cuando me di cuenta de que no tenía pechos fue como… ¿En serio? –Riendo, Dreighart tomó su jarra y tomó un gran sorbo de cerveza.
-Disculpen.

La voz desconocida hizo que se giraran todos, para encontrarse con el misterioso viera masculino. No parecía venir con intenciones hostiles, o al menos eso demostraba su sonrisa.

-¿Qué necesitas, conejito? –Preguntó Onizuka bebiendo de su jarra, pero Ylenia le dio un golpe con la mano.
-Un poco de respeto.
-Oh, no hay problema, a los vieras normalmente nos hace gracia que nos llamen así. –Dijo con una sonrisa el viera. –Vengo buscando a un dragontino llamado Ankar Einor, que coincide con su descripción. –Señalando con la cabeza al albino, este se puso serio.
-¿Por qué buscas a Ankar Einor?
-Me manda un amigo común, Alduin Baharam. –Contestó el mago rojo sacando un pergamino y tendiéndoselo al dragontino, que lo tomó y lo desenrolló para leerlo. –Me dijo que estarías interesado.
-¿Quién es ese Alduin Baharam? –Preguntó Ylenia con curiosidad.
-El coronel de mi división. –Respondió Ankar sin dejar de leer. –Está bajo las órdenes de mi maestro… -Se levantó del asiento y guardó la nota. -¿Podemos hablar?
-Claro. –Asintió el viera mientras comenzaban a caminar.
-¿Estás seguro Ankar? –Preguntó Dreighart. –Alguno podría ir…
-No te preocupes, solo será una charla. –Contestó el albino con una sonrisa.

Ambos dejaron al grupo mientras empezaban a comer. Una vez fuera, Ankar se giró al viera.

-Bien, las presentaciones deberían hacerse. ¿Verdad? Sabes mi nombre y quien soy pero yo no se nada de ti.
-Me parece correcto. Soy Hassle Argel, cazador de recompensas y mercenario ocasional. –Contestó con una sonrisa el viera mientras estrechaba la mano del dragontino. –El viejo Al me salvó la vida en una ocasión, y le tengo mucho respeto. Y hace poco estuve en Baron, y me comentó que posiblemente necesitaras ayuda para tu misión.
-¿Te contó algo sobre mi misión…? –Preguntó con cuidado el albino, a lo que Hassle asintió.
-Sí. Algo realmente peligroso si de verdad deberás viajar a los templos. –Dijo él manteniendo el silencio. –Me contó lo que debíais hacer, y la verdad me resultó interesante pero… Diablos, hasta que no me dio seguridad de que no iba a ser apresado por… bueno, por romper lo que no debería de romperse, no pensé en aceptar.

Ankar volvió a abrir el pergamino de su superior y lo volvió a leer.

-Alduin dice que te contrató como refuerszo para nosotros.
-Sí, soy bueno con las armas, y conozco bastante magia.
-¿Y tu pago?
-De eso no hay que preocuparse, el viejo Al se encargará de los gastos de mi contratación. Piensa en mí como el colega perdido que te manda el jefe. –Dijo riendo el viera.

Ankar siguió estudiando el pergamino mientras Hassle lo observaba. Realmente fue fácil encontrarlo, aun cuando había visto a un par de lunarians de cabellos blancos duranto los días que estuvo esperándolo. Por supuesto, no le había dicho toda la verdad. El viejo Alduin era un viejo amigo suyo, y el que le debía algo era el coronel, y no el viera, por lo que le escribió aquella carta como favor personal, y le envió en la dirección en la que iban a ir por informes del propio héroe de guerra, Kain Highwind. Pero esas cosas el dragontino no necesitaba saberlas, al fin y al cabo.

Ahora que lo tenía cerca, sin embargo, se sentía intranquilo. Había conocido a lunarians, a gente con albinismo (como él mismo decía, la rareza atrae a más rareza) pero nunca a alguien con un cabello tan blanco como el del dragontino… salvo por su maestro. Pensó en cuanta ironía había en el hecho de que su destino estaba unido no solo a una, si no a dos personas con el cabello como la nieve. Y aunque poco había conocido al que tenía delante, no le desagradaba ese aire marcial que tenía, además de que había algo en él que le resultaba… agradable. Quizás fuera porque le recordaba ligeramente a su maestro… No sabía en qué, quizás en su forma de ser, o en la forma de hablar… si es que se podía decir “hablar” a la telepatía, pero hasta en eso se parecían, pues su maestro usaba mucho esa habilidad.

Ankar por su parte había leído por quinta vez la carta del coronel. En una de las charlas que tuvo con su maestro le dijo que algunos estaban al tanto de su misión, pero que eran muy escasos y en altas esferas del ejército o de la misma nobleza. El hecho de que el coronel Baharam mandara un refuerzo como aquel le resultaba extraño, pero conociendo la excentricidad de su superior podía aceptar que le mandara a alguien tan curioso como un viera masculino.

-Bueno… Puedo aceptar la palabra del coronel Baharam. –Empezó a decir Ankar enrollando el pergamino. –Pero has de tener en cuenta que esta misión es bastante difícil. Y deberás ganarte la confianza de los demás. ¿De acuerdo?
-Me parece comprensible y aceptable. –Contestó el viera sonriente. –Pero primero, vamos a beber y comer algo, que no se hacen mejores amigos que los que comparten un cuerno de cerveza.

Ambos hombres entraron y cuando se sentaron Ankar les explicó que era un refuerzo desde el castillo, y mientras charlaban y se reían del color de piel verdoso que tenía todavía Kahad, se empezaron a poner al día con el viera. Este les fue explicando los lugares donde había estado y las batallas en las que había combatido, además de que sabía un poco como era Tycoon ya que estuvo ahí durante un tiempo. Pero el samurái y el dragontino no hablaron mucho porque vieron como una maga blanca de cabellos rosados se estaba acercando a ellos.

-Es el día de las interrupciones… -Comentó Onizuka, a lo que Ankar asintió. –Atento… ¿Le viste los ojos?
-Me parece increíble que le hayas visto los ojos antes que los pechos. –Dijo con una sonrisa Ankar, a lo que Onizuka soltó una carcajada.
-Está buena, no lo voy a negar, pero los ojos… son iguales a los de la chica del viaje aéreo.

Ankar asintió, y cuando la chica se colocó cerca de ellos, todos se callaron.

-¿Necesita algo señorita? –Preguntó Ankar con educación, a lo que la muchacha sonrió con dulzura.
-La verdad es que si, mi señor dragontino. –Dijo ella mientras miraba a todos. –Mi nombre es Lylth. Lylth Whitewings. Soy miembro del gremio de magos blancos de Tycoon, y la verdad es que tengo un percance que necesita ser arreglado… por gente experta en dar pelea.
-Has venido al sitio indicado. –Dijo Dreighart con una risa. –Aquí somos la mayoría expertos en eso.

Onizuka se levantó y tomó de la mano a Lylth con una sonrisa galante, y la llevó a sentarse al lado de Ankar.

-La señorita ha dado su nombre, pero nosotros todavía no. –Dijo el pelirrojo. –Mi nombre es Onizuka Derakainu, samurái de Doma, poeta de corazón y ayudador de damiselas en peligro.
-La palabra “ayudador” no existe. –Dijo Emberlei contrariada, pero miró a la maga blanca. –Soy Emberlei Oakheart. Me especializo en magia negra y en invocar eidolones.
-No es por hacer de menos a la magia negra, querida… -Dijo Lylth quitándose la capa, mostrando sus hombros desnudos. –Pero  donde necesito ayuda es un sitio cerrado, y una bola de fuego dentro de un callejón pequeño puede ser peligroso.
-Eso… tiene mucha lógica. –Replicó la maga negra mientras tomaba su jarra con leche.
-Entonces mejor llevar a guerreros. –Contó Hassle. –Yo soy mago rojo, soy Hassle Argel, el miembro más reciente de esta tropa de locos.

Todos rieron un poco mientras se terminaban de presentar todos los demás, salvo Kahad que todavía parecía enfermo. Luego, Lylth volvió a tomar la palabra.

-Bueno, la verdad es que estoy en un percance bastante… escabroso.
-Cuéntanos.
-Una amiga mía ha contraído una deuda con un grupo… digamos, poco amistoso. –Empezó a decir, pero Emberlei la cortó.
-No creo que podamos pagar su deuda. Lo siento.
-Ember, déjala terminar. –Dijo Ylenia, algo contrariada por el corte que la chica le hizo a la maga blanca.
-No quiero que paguen su deuda. –La voz ofendida de Lylth se notó a la legua, aunque su mirada no lo demostrara. –Necesito a algunas personas que me ayuden a salvarla, por la fuerza si es necesario. La han secuestrado, y no se qué atrocidades le puedan hacer.
-¿Algo así como un impuesto para proteger? –Preguntó Ylenia.
-No estoy segura, solo sé que tuvo una deuda, y no quiero que le pase nada con esa banda de bandidos.

Se quedaron en silencio un rato mientras comían y bebían, hasta que Ankar levantó la vista.

-Bien, podríamos ir a ayudar. –Dijo el dragontino. –Pero no deberíamos ir todos, no tendríamos que advertirles de que vamos.
-Una buena idea. –Dijo Dreighart. –Con muchos efectivos podríamos echar a perder el factor sorpresa.
-Ahí vas de nuevo.
-Ah, cállate, ya te dije que no sé de donde lo aprendí.
-Con tres podríamos pasar. –Comentó Onizuka levantándose, y señaló a Ankar, a Dreighart y a si mismo. –Uno, dos y tres. Y la señorita para decirnos dónde es, claro está.
-¿Por qué Dreighart? –Preguntó Ember extrañada. –No niego que sea bueno en temas de agilidad, pero si fuera cuestión de fuerza, Ylenia o Kahad están más preparados.
-Vale, gracias por el voto de confianza… -Dijo el ladrón, pero la maga blanca se levantó.
-Yo soy una chica muy amistosa, y aunque no niego la amistad de una señorita guerrera como la señorita Peribsen, en este caso preferiría la compañía masculina. Además… -Miró a Kahad con una mueca de disgusto. –El joven Kahad parece estar enfermo, y no querría que sufriera daños.
-Puedo ser mucho más mortal que Dreight. –Contestó el ninja de manera fría.
-Es posible, pero donde vamos prefiero a gente sana, y tú pareces muy enfermo. Ese tono verdoso que tienes en el rostro no parece muy saludable. ¿Ya te alimentas bien? Comer solo verduras es malo para la salud.

Ante dicho comentario, Onizuka se rió mientras empezaba a salir, mientras que Dreighart se levantó y acompañó a Lylth a la salida, pero al llegar a la puerta se giraron mientras veían como Ankar todavía estaba sentado.

-Voy, dadme un minuto. –Dijo Ankar. Cuando se marcharon, el dragontino vio a los demás. –Mientras vamos con esta chica, vosotros podéis ocuparos de algunas cosas.
-¿Qué tienes pensado? –Preguntó Kahad quitándose el pañuelo de la cara.
-Podéis ir por el pueblo. Hassle, tu ya conoces algo de Tycoon. Preparad el viaje hacia el templo. Comprad provisiones, y si hay armas que sean útiles, adquiridlas. –Dijo el dragontino dejando una bolsa de dinero en la mesa. –Nos reuniremos aquí en un par de horas, si todo va bien.
-Ankar. –Ylenia le tomó del brazo antes de que se fuera, mientras que con la otra mano guardaba el dinero. –Los rasgos de esa chica… Son iguales a los del ataque aéreo.
-Lo sé, tranquila. Por eso vamos preparados. –Dijo el dragontino mientras sonreía. –Ylenia, te dejo a cargo. ¿De acuerdo? Nos veremos en un par de horas.

El albino se marchó dejando al grupo en la mesa. Kahad soltó un bufido de molestia.

-Vaya aires se da la chica.
-Oh, vamos, no le des más importancia al hecho de que no te escogieran para ir, aun cuando intenté hablar bien de ti. –Dijo Emberlei tomando más leche. –Aunque siendo sincera, tienes un aspecto bastante lamentable.
-Sí, la verdad es que solo te falta un caparazón para ser una tortuga ninja. –Rió Hassle, a lo que Kahad lo miró con molestia.
-No me sienta bien viajar en barco, da igual el tipo que sea… Es un hecho, la verdad. –Dijo mientras tomaba un buen sorbo de cerveza. –Pero la verdad es que, después de casi un mes sin poder aguantar casi nada en el estómago, lo mejor sería que comiera algo. ¡Oye, muchacha!

La chica que atendía a los clientes se acercó y tomó nota de la petición del ninja y del viera, y cuando trajo la comida, un suculento chuletón de carne con guisantes para cada uno, lo atacaron mientras charlaban.

-De todos modos… no me inspira mucha confianza esta chica. –Confesó el ninja mientras cortaba la carne.
-¿Te refieres a lo que Ankar e Ylenia hablaron antes de que el primero se fuera? –Dijo el mago rojo bebiendo de su cuerno, y ambos miraron a la guerrera.
-¿Qué fue esa extraña charla que tuvisteis? –Preguntó la maga negra cortando un poco de pescado para comerlo. –Parece que no os gustó el aspecto de la muchacha.

Ylenia terminó su cerveza antes de hablar.

-Bueno… Cuando nos dirigíamos hacia Tule, fuimos en barco volador. Durante el trayecto fuimos atacados por un grupo de personas que llevaban naves extrañas, parecidas a pájaros. Los rasgos de estas personas coinciden con los rasgos de la señorita Lylth, específicamente en los ojos verdes con pupila en espiral. –Explicó la mujer.
-¿Crees que pueda ser una trampa? ¿Deberíamos ir detrás de ellos por si acaso? –Preguntó extrañado Hassle mientras daba buena cuenta de los guisantes. Ylenia negó con la cabeza.
-Aunque me cueste, he de admitir que el hecho de que solo los ojos sean parecidos no es motivo suficiente…
-Yo no he visto nunca a alguien con los ojos como los tiene Lylth. –Comentó Emberlei casi desapasionadamente. –Y he viajado por toda Gaia.
-¿Has visto alguna vez una viera albina? –Preguntó Ylenia levantando una ceja.
-Eso no existe.
-Oh, por supuesto que si. –Repuso la guerrera tomando un guisante de Kahad que se había caído del plato. –Hace nueve años vi una niña viera con la piel tan pálida como la mía y cabellos pálidos, de un dorado desteñido. Era algo extrañamente bello.
-Pero el albinismo no es más que una mutación. –Explicó Emberlei molesta. –Un capricho de la evolución.
-Exacto. –Corroboró Ylenia, sorprendiendo a Ember. –Tu misma lo has explicado. Una mutación. Esos ojos puede que sean una mutación de algún tipo que nosotros desconocemos, y que está siendo algo más común últimamente.
-Entonces… ¿No deberíamos preocuparnos por ellos? –Dijo Kahad, a lo que la guerrera negó.
-No, no lo creo. Además, aunque Dreighart no sea tan fuerte como los demás, es rápido y perceptivo, y Ankar va con ellos, me fío bastante de sus instintos.
-Bueno, también está Onizuka. –Comentó Hassle, a lo que Ylenia suspiró.
-Ese idiota es posible que todavía no se haya fijado en sus ojos, precisamente.
-Yo no estaría tan seguro… -Dijo en susurros el viera.

Después de terminar la comida, pagaron  la cuenta y comenzaron a caminar, dejando atrás la música de los bardos de la posada. Bajaron la larga cuesta mientras charlaban sobre los lugares turísticos de Tycoon, algo en lo que Hassle se había vuelto un experto. Les explicó como llegar a varios lugares,  e incluso mostró a lo lejos el enorme castillo, el cual presidía todo desde una pequeña montaña. El castillo era conocido como “Bastión de las Nubes”, y se decía que los reyes solían pasar una prueba sobre drakos de viento para demostrar que estaban capacitados para reinar. Cuando por fin decidieron donde ir, se dirigieron al mercado principal, donde habían varias tiendas. Entraron en una, escuchando la campanilla de la puerta.

El lugar era agradable, recubierto de madera y lleno de estanterías con libros, pociones y alguna que otra arma. Detrás del mostrador se podía ver a un enano con un fino bigote y una frondosa y lisa barba negra, que les sonrió desde ahí.

-Bienvenidos, damas y caballeros. ¿En qué puede ayudarles este humilde enano?

Kahad y Emberlei empezaron a pedir, mientras que Hassle buscaba algo con curiosidad. Ylenia era la que tenía el dinero, así que se mantuvo cerca. Cuando terminaron y el comerciante dio el precio final, Kahad se giró a los demás.

-¿Pagamos a medias y luego que los demás nos den el dinero de sus cosas?
-Es un follón el pagar a medias. –Dijo Emberlei molesta. –Yo pagaré solo lo que consumiré, mis etéres y demás. Los demás que paguen lo que quieran…
-Ya, deja de ser tan pesimista. –Dijo Ylenia y sacó la bolsa que le dio el dragontino. –Cóbrese de aquí, por favor.

Cuando terminaron, el enano les miró.

-He observado que ustedes son aventureros, y no precisamente profanos en ir por los derroteros de Éxodus. Nos ha llegado un producto nuevo, uno místico que hasta ahora solo los alquimistas más experimentados podían hacer. Se llama Elixir, y es revitalizante a más no poder. Recupera la fuerza física y mental al mismo tiempo, y lo tenemos a un precio incluso más bajo de lo que lo tienen otros lugares, a tan solo nueve mil giles.
-Uh, es demasiado caro. –Dijo Hassle mientras se dirigía a la puerta. –Mejor buscamos en los relojes de pared.

Cuando salieron, se dieron cuenta de que la hora más fuerte del mercado estaba empezando, y pudieron escuchar los gritos de los vendedores y de las personas cercanas.

-¡Pescado fresco! ¡Listo para comer!
-¡Mira mamá, esos pescados parecen…!
-¡Melones, a los ricos melones! ¿Le gustaría probar mis melones, querido?
-Me encantaría, señora, aunque yo más bien busco un buen…
-¡Salchichón! ¡Salchichón curado recién llegado de Lix! ¡No pierda la oportunidad de poder comer unos buenos…!
-¡Aguacates! ¡El aguacate de Cañón Cosmo famoso por su frescura y tamaño! ¡No encontrará unos aguacates que combinen tan bien con…!
-¡Papaya! ¡Papaya de Silvera! ¡La más rica de todas! ¡Una vez probada, no va a querer comer otra cosa!
-A mí me encantaría comprar una sandía, tengo antojo… -Dijo entonces Emberlei, mirando la fruta.
-¿Sandía? ¿A finales de Últimen como estamos? Sería demasiado difícil encontrarla. –Dijo Kahad mirándola.
-Sí, pero…
-Además, estamos en el norte, y la sandía es más del sur. Si estuviéramos en Wutai seguramente podríamos encontrar, pero no es temporada de sandía en el norte. –Contestó el ninja con lógica. -¿No preferirías algo de pepino, que también es fresco y más fácil de encontrar?
-El pepino no me gusta, se me suele quedar atascado en el paladar y es muy difícil de pelar…

Ante esas palabras, Hassle soltó una carcajada mientras Ylenia suspiraba con una sonrisa. Se detuvieron delante de un puesto de armas que parecía ser llevado por una viera con ropas parecidas a las que llevaba Onizuka, y armas parecidas a katanas.

-Kahad. ¿Qué te parecería comprar una katana nueva? –Preguntó la guerrera mirando las armas.
-¿Por qué motivo?
-He visto que tienes una daga kriss de muy buena calidad, pero tu otra arma, la katana del ejército, no es tan buena. Podrías reemplazarla para no preocuparte de que se rompa.
-Es una buena idea, a fin de cuentas… -Se giró a la viera. -¿Podría decirme cuales son las katanas que tiene a la venta?
-Por supuesto. –Dijo la viera con un fuerte acento.

Estuvieron un rato charlando hasta que Ylenia encontró una katana que le acercó al ninja. La funda y la empuñadura eran de un tono negro verdoso muy oscuro, con una pequeña grulla dorada grabada en la hoja curva. Se la tendió a Kahad después de que pagara por dicha arma, y este la desenfundó, mirando la hoja con atención.

-Es una muy buena espada… Gracias Ylenia.
-No se merecen. Pensándolo de manera fría, si no tienes un arma buena, puede ser un peligro para ti mismo.
-Será mejor que vayamos regresando. –Dijo entonces Hassle mientras miraba un pequeño reloj de bolsillo que sacó de su túnica. –Entre que volvemos a la posada y tal, puede que hasta nos encontremos con Ankar allá.

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Cuando Lylth salía de la taberna, se puso a pensar en lo que había conseguido. Les había podido convencer, aunque pensó que el dragontino no sería tan fácil de engañar. Cuando miró al pelirrojo y al peliazul, se acercó mientras escuchaba la conversación de ambos.

-… calentándolo con una forja muy fuerte, puede ser moldeado. –Decía el samurái.
-¿Estás seguro? No creía que algo así pudiera ser.
-¿De qué habláis? –Preguntó la chica, mientras que ambos se giraban. En las manos de Dreighart había una roca del tamaño de un puño, metalizada y parecida a un mineral.
-Estaba preguntándole si sabía qué era esto. –Comentó el ladrón mientras le mostraba el mineral. –Lo encontré en el estómago de un Adamantaimai que nos atacó cuando veníamos para acá.
-¿Un Adamantaimai? ¿En serio? –Preguntó asombrada la chica mientras miraba la piedra. –Pero tengo entendido de que esos monstruos son muy difíciles de derrotar…
-Sí, bueno, tenemos buenos brazos. –Riendo, Onizuka tomó la roca de Dreighart. –Normalmente, los Adamantaimai crean esto: Adamantium. Es un mineral muy raro y muy poderoso que solo se encuentra dentro de los corazones de los meteoritos, o en el estómago de las tortugas gigantes. Pero es muy difícil de moldear, lo sé porque una vez vi a mi abuelo forjar una katana con este mineral y me explicó como se hacía. Toma. –Dice mientras le devolvía la roca.
-Vuestra misión parece muy peligrosa. –Dijo la chica mientras se sentaba a esperar al albino.
-Y lo peor es que no tenemos curandero. –Contó el pelirrojo.

La puerta se abrió y el albino salió a la calle. El ladrón guardó la piedra y el samurái se estiró, mientras que Lylth se levantaba.

-Siento la espera, tenía que comentar una cosa. –Dijo mientras miraba a Lylth. –¿Nos indicarías el camino?

La chica asintió con una sonrisa.

-Será un placer.

El camino fue ameno mientras se dirigían a los suburbios. Onizuka había sacado un libro el cual compartía su lectura con Dreighart, mientras que Ankar seguía de cerca a Lylth. Mientras el pelirrojo hacía bromas subidas de tono hacia el ladrón, la chica miró al albino.

-Parece que tenéis una misión muy peligrosa…
-¿Tanto se nota? –Preguntó Ankar mirándola. –¿Quién fue el bocazas?
-¿Acaso importa? –Preguntó ella riendo. –Estuve pensando en cómo pagaros esto…
-No sería correcto.
-Por supuesto que si. –Dijo ella y suspiró con fuerza. –Vais de viaje. ¿Verdad? ¿Tenéis magos blancos?
-Acaba de unírsenos un mago rojo.
-Pero no uno blanco. –Reafirmó la hechicera. El dragontino asintió. –Entonces, yo iré con vosotros. Como pago por vuestra ayuda.
-¿Estás segura? –La mirada extrañada de Ankar demostraba más que su pregunta. –Puede ser peligroso, ni siquiera sabes qué debemos hacer.
-Oh, estoy seguro que tres fornidos guerreros como vosotros no dejaréis que me hagan daño. –Riendo, Lylth giró por una esquina. –Además, de vez en cuando uno debe volar, salir del nido. ¿No le parece, maese Ankar?

La oscuridad tomó por sorpresa a los tres hombres, los cuales miraron con cuidado al fondo del gran callejón. La diferencia resultó bastante marcada, pues al entrar en esa zona todo parecía cambiar. Tycoon tenía una marcada limpieza y pulcritud en sus calles, con edificios antiguos muy bien cuidados. Sin embargo, cuando pasaron a los suburbios, por detrás de la gran biblioteca, se encontraron la otra cara del reino. La luz parecía tener miedo a entrar ahí por la altura de los edificios. Pocos árboles se podían ver, y casi todos estaban sin hojas. Las personas que allí vivían estaban confinadas en pequeñas casitas dentro de edificios, y los que tenían la suerte de vivir en lo más alto parecía que tenían un poco más de dinero. Algunas personas tenían una mesa en la calle donde vendían algún tipo de mercancía, fueran aparatos de la casa, telas o juguetes. Algunos hasta comida.

-Este tipo de edificios son muy comunes en las zonas enanas. –Dijo Dreighart mirando los edificios de varias casas en su interior. –Creo que los llaman “bloques”, y pueden vivir varias familias dentro. Es increíble, la verdad.

Sin embargo, Dreighart tenía la sensación de que ya había visto antes ese tipo de edificaciones… Aunque en Kalm no había ninguna. No sabía dónde las había visto, pero le resultaban familiares.

Caminaron dejando atrás un pequeño mercado, hasta que llegaron a una pequeña casa individual cerca de una fuente de agua.

-Hemos llegado… -Dijo algo tensa la chica mientras  tomaba el pomo de la puerta, pero se sorprendió al encontrarlo cerrado. Forcejeó un poco con la madera hasta que se giró a sus compañeros. –No lo entiendo, le dije que iba a venir, no debería estar cerrada…
-Déjame a mí. –Contestó Dreighart sacando unos aparejos de metal, pero Onizuka le paró.
-Nada de sigilo… siento que dentro hay alguien.

La patada que pegó el samurái rompió la entrada, tirándola al suelo. Cuando entraron, se encontraron con una pequeña sala con los muebles tirados por el suelo. Había platos de barro rotos y prendas de ropa tiradas, como si hubieran estado buscando algo. Sin embargo no se fijaron en nada de eso, porque en el fondo, justo al lado de la ventana, se podía ver un hombre tomando del cuello de la ropa a una anciana al lado de una cama, donde había un muchacho inconsciente. El hombre se había colocado detrás de la anciana con un cuchillo en el cuello, y solo se podía ver su cabello, de un rubio sucio, y sus brazos, con una serpiente alada tatuado en ellos.

-¡¿Qué le has hecho a Tatl?! –Gritó Lylth. Los otros tres ya habían sacado las armas mientras el hombre comenzó a caminar hacia la ventana.
-¿Al crío? Nada, solo le di un escarmiento. Si tienen dinero para comprar medicinas y contratar a una maga blanca, también lo tienen para pagar su deuda.
-Si es dinero lo que quieres, puedo pagarla yo por ellos. –Dijo la maga blanca, pero el hombre se rió.
-No se trata solo del dinero, idiota. –Dijo él.
-Lo que busca es respeto. Respeto y miedo. –Las palabras de Ankar hicieron que se girara el hombre a él. -¿No es así?
-Parece que tenemos a alguien que entiende cómo va la vida aquí abajo.
-Pero si matas a la vieja y además tienes a la chica. ¿Cómo vas a conseguir el dinero? –Preguntó Onizuka.

Lylth, extrañada, miró a sus compañeros, pero se dio cuenta de que se habían colocado estratégicamente. Ankar y Onizuka estaban siendo visibles a propósito, mientras Dreighart había empezado a moverse por un lado, casi inadvertidamente, sin que nadie más lo pudiera ver.

-¿Dónde tienes a Mía? –Preguntó Lylth, creyendo entender el plan.
-¿La zorra? Nos la llevamos. –Contestó el bandido soltando una risa como de ratón. –Ya que se negó a trabajar para pagar su deuda, ahora la vamos a obligar a hacerlo, le guste o no le guste. Oh, tranquila. –Dijo él haciendo un ademán con el cuchillo. –Seguramente disfrute del trabajo.
-Si fueras un hombre no tomarías rehenes. –Onizuka dio un paso al frente, pero se detuvo al ver que el hombre ponía de nuevo el cuchillo en el cuello de la anciana.
-No, no, no, amigo. No des un paso más. –Dijo riendo el secuestrador. –Ahora mi nueva amiga y yo nos vamos a ir, sin que vosotros nos hagáis nada…

Comenzó a caminar, mientras que Lylth miró hacia los lados. Se sorprendió al no ver al peliazul mientras que los otros dos tenían sus armas envainadas, pero en la mano. El bandido se fue moviendo lentamente, pero cuando pasó por delante del armario, con rapidez salió un destello que cortó en el brazo al hombre. Con un grito, soltó a la mujer y lanzó una estocada hacia atrás, pero Dreighart la esquivó con una voltereta por el suelo. Los otros dos sacaron las armas con velocidad, pero el bandido tomó a la anciana de nuevo y la lanzó contra la ventana, rompiendo el cristal. La sorpresa se adueñó de Dreighart y Ankar, pero mientras el mafioso saltó por encima del cuerpo de la anciana, Onizuka lanzó un corte con su katana que consiguió cercenar el brazo izquierdo del bandido por debajo del codo, pero este, después de soltar un fuerte grito, consiguió salir corriendo, dejando un rastro de sangre en el suelo.

Lylth, por su parte, salió corriendo hacia la anciana mujer mientras Dreighart la sacaba del alfeicer. Cuando la dejaron en el suelo, la chica abrió los ojos, al ver como el rostro de la anciana estaba lleno de cristales y al tomarle el pulso, empezó a emitir magia curativa.

-Vamos… vamos…
-Lylth… -Dijo Ankar desde atrás.
-Todavía tiene algo de pulso…
-Lylth, deberías dejarla ya…
-¡No! ¡Puedo curarla!
-Su llama ya se apagó… -Dijo Dreighart mientras miraba a la anciana.

La chica dejó de usar su magia mientras el samurái colocaba al muchacho en la cama, acariciándole la cabeza.

-Esto no quedará así… te lo prometo, muchacho. –Dijo el pelirrojo inusualmente serio, y se levantó mirando a Ankar. –Colega, quiero sangre, y quiero mucha.
-Estoy de acuerdo, esto no puede quedar así. –Contestó el dragontino mientras la armadura de este aparecía en un destello. –Así que seguramente deberíamos ir a buscarle a él y a sus amigos, para hacerles una visita.
-Será fácil. –Dijo entonces Dreighart desde fuera. Cuando salieron, pudieron ver al ladrón agachado en cuclillas frente al rastro de sangre. –Por lo que veo, podemos seguir este camino de migajas, como en el cuento.
-Debemos tener cuidado. –Comentó Ankar. –Podría ser una emboscada.
-Me importa un pito. –Contestó ahora Onizuka con su katana todavía en la mano. –Mi espada está sedienta de sangre, no ha bebido suficiente.

Ankar entró para ver a Lylth, la cual estaba apuntando algo en un pergamino.

-Le dejo una nota a Tatl. –Dijo la chica con una frialdad increíble. –De esta manera puedo hacer que se mantenga a salvo.
-¿Quieres que te ayude? –Preguntó el dragontino. Ella asintió.
-Si pudieras dejar al niño en la habitación de aquí al lado…

El albino asintió y tomó al muchacho, dejándolo dentro del cuarto, en su cama. Lylth entró y dejó el pergamino en la mesilla de noche, y cerraron la puerta. Después, tomaron un mantel y taparon el cuerpo de la anciana. Lylth la miró y suspiró.

-¿La conocías desde hace mucho? –Preguntó Ankar. Ella asintió.
-Era amiga de la mujer que me enseñó magia blanca. –Explicó ella. –Cuando ella murió, la señora me ayudó con los datos legales, además de que cocinaba muy bien.
-No tienes porqué contenerte. –Dijo el albino poniéndole la mano en el hombro. Ella tembló.
-Una maga blanca no debe dejarse sucumbir por al presión. –Explicó ella, y le miró con una sonrisa. –Pero te lo agradezco mucho, de verdad.
-Nosotros vamos a buscar a ese asesino. Si quieres, puedes quedarte aquí.
-Ni loca. –Dijo ella apretando los labios. –Ni se te ocurra dejarme atrás.
-Será peligroso.
-Me río en la cara del peligro. –Dijo mientras se giraba para salir del cuarto.

Cuando salieron, siguieron el rastro de sangre dejado por el bandido, hasta que Dreighart se agachó cuando la sangre empezó a hacerse menos visible.

-¿Crees que sepa magia blanca? –Preguntó Onizuka. –No es normal que la sangre vaya desapareciendo con un brazo de menos.

Pero cuando se quedaron quietos, los pasos se empezaron a escuchar por los dos lados. El eco hacía parecer que vinieran desde detrás, por lo que Lylth tomó su báculo con ambas manos. Sin embargo, los tres hombres se fijaron hacia el otro pasillo, olvidándose de la retaguardia y sacando sus armas. Dreighart aprovechó las sombras del callejón para esconderse de nuevo entre las sombras, mientras que los otros dos se ponían en guardia.

-Oigo a seis personas… -Dijo Dreighart desde las sombras. –O al menos, cinco personas y un animal de carga.
-Aprovecha que estás a oscuras para acercarte todo lo que puedas. –Dijo Ankar con una sonrisa, solo para ellos. –Demuestra que no solo los ninjas saben usar las tinieblas.

Dreighart sonrió desde su escondite mientras comenzó a caminar, al mismo tiempo que Lylth se giraba y tomaba de su bolsa el cilindro mágico que transformó en el gran martillo de guerra. Onizuka soltó un silbido.

-Que grandes. –Dijo él, mientras Lylth lo miraba extrañada. –También el martillo.
-Hijo de…
-Silencio.

Conforme los pasos se iban haciendo más audibles, a lo lejos pudieron ver a cuatro hombres a pie, arrastrando con cadenas a una bestia parecida a un tigre o leopardo de gran tamaño y a una muchacha de cabellos cenicientos con la túnica de maga blanca hecha girones. El rostro de la pobre chica, antes hermoso, estaba marcado por la violencia en sus ojos y en su mejilla. No llevaba ni capa ni zapatos, solo una simple túnica blanca con los bordes rojos, manchado de sangre aquí y allá, algo rasgado, y unos grilletes de metal que mordían sus muñecas, haciéndola sangrar. La bestia que caminaba por detrás parecía salvaje, ya que llevaba un bozal, y forcejeaba con violencia.

-Onizuka, Dreighart, os encargo los de aquí abajo. –Dijo Ankar mirando hacia arriba. –Los sentisteis. ¿Verdad?

Onizuka asintió mientras cambiaba de mano su katana a la izquierda, pero no necesitó confirmación de Dreighart al no verlo. Lylth no entendió lo que estaban diciendo hasta que miró hacia arriba. Pudo ver algunas personas escondidas en los balcones de los lados, aunque no eran muchos, pudo ver las ballestas. Miraron hacia delante para ver que entre los que llegaban venía también el recién amputado, pero sin una venda ni una tela que cubriera su nuevo muñón, pero inexplicablemente ya no sangraba. Mientras se acercaban a ellos, destapó una botella de cristal y bebió un extraño líquido turquesa. Cuando terminó, lo tiró al suelo, y la botella no se rompió, inexplicablemente.

-¿Cómo puede estar tan fresco después de cortarle el brazo? –Preguntó extrañado y en susurros Onizuka.
-Creo que esa poción era un tipo de estimulante, o quizás una poción nueva para evitar dolor. –Contestó Lylth extrañada. –Pero no la reconozco.
-No entiendo por qué están haciendo esto. –Dijo entonces Ankar. –No tiene sentido de que vengan con la rehén hacia las personas que intentan rescatarla.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, pero estando lo suficientemente lejos como para evitar un ataque del grupo, el bandido manco tiró de la cadena de la chica y la tiró frente a ellos, cayendo ella de rodillas. Parecía no tener fuerzas ni para levantarse siquiera.

-Mirad. Aquí tenéis a la perra Lunarian. –Dijo riendo el bandido. –Mis colegas y yo pensamos que sería divertido haceros ver qué hacen los monstruos con chicas bonitas que no pueden defenderse.

Antes de que dijeran nada, uno de los bandidos sacó el bozal del animal, demostrando unos largos bigotes.

-Un bengal… ¡Hay que darse prisa! –Gritó mentalmente el dragontino mientras sus compañeros lo oyeron inspirar.

El sonido que surgió de la garganta del albino sorprendió a todos excepto al samurái, que salió corriendo justo cuando un tremendo rugido parecido al de un dragón se escuchó en el callejón. El monstruo, que estaba a punto de saltar sobre la chica después de dar dos pasos, se quedó detenido ante la impresión, pero fue suficiente tiempo para que Onizuka, con su mano derecha, sacara su gran katana de la espalda y lanzara un fuerte corte hacia el monstruo, tomándolo por sorpresa e incinerando el corte que cercenó la cabeza.

-¡Matadlos! ¡Matadlos a todos! –Gritó una voz, al tiempo que empezaron a disparar saetas hacia ellos.

Sin embargo, todas se quedaron quitas en el aire, frente a una barrera de energía que Lylth había levantado mágicamente. Ankar saltó hacia arriba, sacando su espada serpiente y cortando a los ballesteros mientras Onizuka se lanzaba a atacar a otro de los bandidos. Cuando empezaron a ver que el ataque estaba teniendo el efecto contrario al que querían, los dos que acompañaban al manco salieron corriendo hacia atrás, dejándolo solo, pero de las sombras surgió Dreighart lanzando un corte con su daga que desestabilizó al más cercano. El corte fue tan preciso que una línea recta cortó ambos ojos, tirándolo al suelo en un grito profundo de agonía. El ladrón se giró hacia el que todavía quedaba en pie, y tomando la daga del mafioso caído se la lanzó a la espalda del que huía, tirándolo al suelo.

Por su parte, mientras el samurái lanzaba estocadas hacia el bandido, Ankar cayó directamente hacia el mafioso, y con la onda expansiva lo lanzó por los aires, cayendo cerca de Lylth, la cual aprovechó para aplastar su cabeza con el mazo de guerra. Una vez solo, el manco no dejó de reír.

-Creo que te quedaste solo, colega. –Dijo el samurái. Sin embargo, el manco volvió a reír mientras golpeaba a la chica tirándola completamente.
-¡Mira lo que pienso de lo que crees, maricón! –Y lanzó algo al suelo. Al estallar, la bolita soltó una gran cantidad de polvo que cegó a todos los cercanos.
-Hijo de… ¡Dreighart, atrápalo! –Gritó Ankar tapándose la cara.

Cuando el ladrón se giró, vio corriendo al manco, y cuando lanzó un ataque contra él, inexplicablemente lo evitó con una contorsión imposible de su cuerpo. Ante eso, Dreighart se asombró el tiempo suficiente como para que el otro corriera, y cuando tomó una de las piedras elementales que le quedaban y la lanzó, esta chocó contra una de las paredes del callejón, estallando en chispas, mientras el manco saltaba por encima de una de las vallas de madera y de ahí, se perdía.

-Mierda… -El peliazul salió corriendo detrás del tipo, pero se detuvo al llegar a la valla, ya que desde lo alto podía ver un auténtico laberinto. Bajó de la valla y golpeó la pared de madera con el puño lleno de frustración.

Mientras regresaba, el humo ya se estaba desvaneciendo, y pudo ver a sus compañeros y la batalla. El cuerpo decapitado del monstruo y la cabeza cercana al cuerpo sin cabeza del bandido que había sido aplastada por el martillo de guerra de Lylth le impresionaron, mientras que veía todas las saetas todavía en el aire.

-Impresionante. –Dijo entonces el ladrón acercándose a Onizuka, que estaba buscando algo entre las ropas de los muertos. –Nunca pensé que la magia blanca pudiera hacer tales cosas.
-Luego hablamos de eso. –Dijo el samurái y señaló al que cegó el ladrón y al que atacó a lo lejos. –Búscales por ahí si tienen la llave.
-No te preocupes por la llave. –Dreighart se acercó hasta la chica, la cual estaba junto a Lylth llorando, y sacó sus aparejos. –Déjame ver…

Después de forcejear con sus ganzúas, el chico abrió los grilletes y se levantó. Ankar por su parte se acercó al que todavía estaba vivo y le hizo señas al ladrón, el cual entendió enseguida y llevó los grilletes para ponérselos.

-Tienes muchas cosas que explicar, amigo. –Dijo el albino, pero como el herido seguía gritando, suspiró y miró al cazador de tesoros. –Échale un vistazo a los alrededores, quizás podamos encontrar alguna cosa que nos pueda ayudar.

Dreighart asintió, y mientras Onizuka terminaba de sacarle la ropa a los muertos y dejarla en un lado, él empezó a buscar por el lugar, hasta que su pie chocó contra algo duro. Al agacharse y tomarlo, se dio cuenta de que era la extraña botella de cristal irrompible del bandido, con un poco todavía de la sustancia turquesa que había utilizado. Le dio varias vueltas, observando todo lo que podía, y se extrañó de ver un símbolo pegado al cristal que ocupaba casi toda la superficie. Un rombo rojo con palabras. No le cuadraba que hubiera algo tan grande y que no hubiera nada escondido, por lo que, como última opción, se puso a investigar ese símbolo.

-¿Shin-ra Pharmaceuticals Inc.? ¿Qué es esto…? –Dijo mientras lo miraba fijamente.

Pero de repente se tapó los ojos con la mano libre, ya que un fuerte dolor de cabeza le hizo casi perder el equilibrio. Le resultaba familiar. Terriblemente familiar. Pero él sabía perfectamente que no lo había visto en toda su vida… ¿Por qué le resultaba entonces conocido?

El dolor persistió hasta que se acercó a sus compañeros, y mientras ayudaban a la chica a levantarse. Ankar, que llevaba al prisionero cuyos ojos estaban ya sin sangrar, gracias a la magia curativa de Lylth, se giró a Dreighart.

-¿Te encuentras bien?
-Creo que soy alérgico al polvo que usó ese bastardo… -Dijo el peliazul todavía adolorido, pero le acercó la botella. –Esto es lo que encontré. La botella de esa sustancia extraña, quizás podamos saber algo de ella.

Ankar tomó la botella mientras Lylth se acercaba y la miró. El albino se la tendió, mientras que ella olía el interior.

-No reconozco esta sustancia. Pero creo que puedo usar mis conocimientos de alquimia para saber más de ella… -Contestó la de pelo rosa. Luego miró al bengal. –Sería una lástima no aprovechar esta oportunidad…
-¿Qué necesitas? No conozco al monstruo en si, pero puedo despiezarlo… -Dijo el ladrón mientras se agachaba ante el cuerpo sacando su daga. Lylth señaló la cabeza.
-Tómale los bigotes. Se cotizan bien como afrodisíaco.
-Oh, yo quiero probar eso. –Dijo el samurái regresando con una sonrisa.
-Tú no necesitas eso, andas en celo todo el tiempo. –Contestó Dreighart riendo mientras cortaba de raíz los bigotes del monstruo.
-Será mejor que vayamos hacia la casa de la señorita. –Dijo entonces Ankar. –Imagino, Lylth, que te quedarás un rato con ella.
-Sí, la curaré e iré para casa. Vosotros volved a la posada, o entregad a las autoridades a ese desgraciado, nos veremos donde os hospedáis, he de preparar algunas cosas antes de unirme a vosotros. –Dijo la maga blanca mientras ayudaba a la otra chica. Esta tomó de las manos a Lylth mientras susurraba algunas palabras.
-Oye Ankar… -Dijo Dreighart mientras se acercaba al albino. Este lo miró extraño. –La chica acaba de hablar en el lenguaje mágico de los magos. ¿Verdad?
-Si… bueno, no es un lenguaje secreto. –Explicó el dragontino mientras caminaban hacia fuera de los suburbios. –Hay algunos que conocen ese idioma. Onizuka es un ejemplo.
-¿En serio? –Preguntó extrañado el ladrón mirando al pelirrojo. Este asintió con una sonrisa.
-¿Recuerdas que dije que había estado con una invocadora hace tiempo? –Ante el asentimiento de Dreighart, el samurái continuó. –Ella me enseñó el idioma que usan los magos. No es muy difícil, la verdad.
-Ya…

Dreighart no le preocupaba lo fácil o difícil que podría ser el idioma… lo que le preocupaba era que entendió perfectamente como la chica le decía “Gracias, mil gracias, Lylth, gracias por salvarme”… Y sin haber tocado un libro de lenguaje mágico en su vida.

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-Empieza a cansarme esta tardanza…

Ylenia suspiró mientras tomaba otro sorbo de su cerveza. Llevaban ahí al menos media hora después de hacer las compras, y el ninja parecía impacientarse a cada segundo que pasaba. Emberlei había sacado su libro de hechizos y se había puesto a leer, mientras que Hassle había estado charlando con la guerrera sobre cómo había ido en la misión hasta ahora. La mujer se había sorprendido de que el viera fuera un cazarrecompensas, más de descubrir que tenía una orden para aprehenderla, pero se ganó su confianza cuando rompió la orden.

-Sinceramente, mucho de estas órdenes son simples mentiras. –Dijo el viera sonriente levantando el cuerno de cerveza. –No puedo entender que alguien a las órdenes de Ankar sea una persona buscada.
-Bueno, te sorprendería las cosas que pueden saberse con el tiempo… -Dijo la guerrera sonriendo sin gracia.
-Con el tiempo solo se aprenden conocimientos. –Comentó Emberlei sin levantar la vista de su libro. –Por eso los magos debemos estudiar tanto.
-Me sorprende que no tengas entonces un moreno de biblioteca. –Contestó Hassle, a lo que la chica lo miró extrañada.
-No existe un moreno de biblioteca. Cuando estás en una biblioteca el sol no te da, por lo tanto es incomprensible la frase que acabas de usar.
-¿Es siempre así de ingénua? –Preguntó Hassle riendo.
-¡No soy ingénua! –Gritó Emberlei algo molesta.
-Se refiere a que no entiendes los dobles sentidos. –Explicó Ylenia con una sonrisa divertida.
-Los dobles sentidos son estúpidos. La gente debería expresarse correctamente. –Se quejó la maga mientras volvía a su lectura.

Hassle miró al ninja, el cual se encogió de hombros. Pero no tardaron en ver entrar a sus tres compañeros y verlos sentarse. Ylenia suspiró suavemente sin que se dieran cuenta, pues desde que se habían ido había estado preocupada.

-¿Qué tal fue? –Preguntó casi desapasionada.
-Bien. –Contestó Ankar tomando un cuerno de cerveza. –Lo único malo fue que perdimos al principal sospechoso, pero el resto fue o capturado o eliminado.
-¿Por eso tardásteis tanto? –Ante la preguntra de Kahad, Ankar asintió. –Bien. ¿Vamos a ir al final al templo hoy?
-No, no lo creo. –Explicó el dragontino ante la cara de decepción de Emberlei. –Lylth ha decidido unírsenos en el viaje, y está terminando de curar a la persona que rescatamos.
-¿Y por eso tenemos que esperar para ir al templo? –Preguntó extrañada Emberlei. –Simplemente que deje a esa persona a cargo de alguien más y que tome sus cosas para acompañarnos. No deberíamos hacer esperar al Guardián.
-Ella vive aquí. –Explicó el dragontino mientras el cantinero traía una fuente con carnes acompañado de Onizuka y Dreighart. –Debe preparar algunas cosas antes de poder irse, como cerrar su casa o cosas así. No es como si fuera una maga blanca errante. ¿Entiendes?
-Me resulta agobiante vivir en un único sitio… -Dijo en susurros la maga negra, mientras tomaba un sorbo de leche.
-Entonces… ¿Qué hacemos hasta mañana? –Preguntó Kahad, que tomaba algo de la carne que le pasaba el ladrón sentado a su lado. Ankar bebió su cerveza.
-¿Conseguisteis las provisiones? –Preguntó, e Ylenia asintió. –Bien… trataremos de descansar el día de hoy, para poder ir frescos al templo. Podemos aprovechar y hacer algunas cosas personales incluso, yo quiero mandar un par de cartas.

Todos asintieron ante la idea de Ankar. El dragontino había llevado al preso hasta las instancias del ejército de Tycoon, y había tenido que rellener varios papeles, y mentalmente estaba cansado, solo tenía ganas de pasear sin tener que preocuparse de su misión… Y de todos modos, había visto algo durante el viaje que quería comprar antes de enviar las cartas.

Por otro lado, sus compañeros estaban decidiendo donde ir en Alexandría. Cuando Onizuka convenció a Hassle y Dreighart de ir a una de las posadas del puerto, Emberlei le dijo a Kahad que ella quería quedarse en la habitación estudiando. El ninja suspiró y asintió, mientras que la guerrera le dijo que se iba a quedar con él para hacerle compañía, algo que el teñido agradeció.

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Poniendo el sello de cera en la carta, Lylth cerró el pergamino y lo metió en un tubo de madera. Miró hacia la habitación, donde estaba Tatl metido en la cama, y Mía sentada a su lado.

-¿Estás segura de esto, Lylth? –Preguntó la muchacha mientras se levantaba.

La pelirrosa sonrió una vez más, y le señaló la mesa para que se sentara delante de ella. La muchacha era hermosa, pero ahora tenía la cara llena de vendas con emplastes de hierbas, dejando solo sus ojos rojos a la vista. Cuando Mía se sentó, ella le tomó de las manos.

-¿Tienes algún lugar donde ir? –Preguntó la de ojos verdes.
-Sabes que no…
-Bien… Yo debo partir en un viaje bastante largo. –Le explicó Lylth con una sonrisa. –Y no tengo a nadie a quien dejarle la casa para que la cuide.
-¿Cuánto tiempo estarás fuera? –Preguntó Mía sin soltarse de las manos de su amiga.
-¿Quién sabe…? Si no tengo suerte, quizás te quedes con esta casa para siempre. –Bromeó ella, a lo que la herida empezó a llorar. –No, no llores, era una broma… Tranquila. ¿Si? Puede que tarde un par o tres de años, y no quisiera encontrarme con esta casa llena de ratas cuando llegue de nuevo.
-Ya… Pero yo no tengo unos ingresos como los tuyos, puede que no tenga un lugar donde ir cuando llegues…
-Entonces, veremos cómo lo hacemos. –Dijo ella sonriente. –Tengo conocidos en varias de las tabernas, puedo promocionarte. ¿Te parece bien?

La muchacha empezó a llorar desconsolada, a lo que Lylth se acercó a ella y la abrazó.

-¿Por qué eres tan buena conmigo, Lylth…? Solo te he… metido en problemas… todos estos años…
-No digas tonterías, anda. –Le contestó la otra. –Yo quería mucho a tu madre, me sabe mal no haber podido llegar antes. –La muchacha suspiró entre lágrimas sin soltarse. –¿Cuidarás de mi casa mientras no estoy aquí? –Mía asintió en los brazos de Lylth, y ella sonrió. –Bien… entonces puedo irme sin preocupaciones.

El silencio fue roto solo por la música de los bardos de la posada de al lado. Cuando se separaron, Mía se secó con un pañuelo las lábrimas, ya que si usaba su mano se hacía daño.

-¿Dónde vas a ir?
-Mmmh… El mundo es muy grande. ¿Sabes? –Dijo ella sonriente. –Así que primero mandaré una carta y luego… ¿Quién sabe? Puede que vaya donde ninguna otra maga blanca haya llegado jamás.
-Eso sería interesante… pero ten cuidado. ¿De acuerdo? –Pidió la de cabellos claros. –No querría que Tatl supiera que te perdimos por el mundo…
-Regresaré algún día, te lo prometo.