jueves, 6 de febrero de 2020

Leyendas del Cristal: Ankar 02

Ankar Einor
Capítulo II: Nuevas Amistades

El edificio del gremio de joyeros era grande pero de solo dos plantas, aunque las muchas chimeneas que surgían del jardín indicaban varias forjas en los sótanos. El color de sus paredes era de una suave pizarra, más débil que el de los demás edificios, y la entrada principal tenía un expositor para diferentes tipos de joyas que estaban siendo limpiadas y pulidas por varias personas. El interior estaba muy iluminado mostrando los escaparates con pequeñas esferas de luz, los cuales tenían mercancía de todos los tipos y precios, yendo desde materiales en forma de pequeños lingotes hasta joyas de distinta forma y color. Detrás de las puertas y al lado de las ventanas había guardias de seguridad bien pertrechados para cualquier conflicto, y una de ellas estaba hablando con un mago azul detrás del escaparate principal.

-Al menos tuvieron la suerte de traer el cargamento intacto. -Dijo la mujer humana. Tenía una armadura completa gris, con una maza colgada de la cintura. Tenía el cabello cortado a lo tazón y de un castaño similar al bronce. -No sabían que tardarían tanto.
-Es una suerte, sin duda. -Respondió el mago azul, de raza élfica. Tenía los cabellos largos y de un rubio casi blanco llevando unos lentes dorados a juego. -No por el cargamento, sino porque no tuvimos que lamentar pérdidas dentro de vuestro gremio.
-Vuelvo a preguntarte, Mythalas. -Dijo la chica sonriendo. -¿De verdad descienden tus antepasados de los elfos solares?

El alto elfo soltó una pequeña risa mientras releía el informe que le había entregado la joven. No era la primera vez que Mythalas Cuervo del Bosque recibía aquella pregunta, sobretodo de Margaret Shurman, la maestra del gremio de aventureros ¨Halcón del Sur¨. Este gremio de aventureros había sido contratado en exclusiva por el gremio de joyeros de Burmecia para la protección de sus instalaciones y transportar envíos de grandes cargas entre distintos lugares de la comarca, además de ir a ciertas misiones para conseguir ciertos materiales peligrosos. Desde que empezaron a trabajar juntos Margaret siempre tuvo dudas acerca de Mythalas por ser elfo solar, pero este solo sonreía, al mismo tiempo que le decía una frase que lo marcó de niño: El racismo se cura viajando. Y lo descubrió por sí mismo al comenzar a comerciar fuera de Elfheim, la isla élfica. Le gustó tanto que no pudo detenerse en Doma y viajó por toda Gaia, hasta que se enamoró de Burmecia y de su esposa, Arabella, una viera maravillosa que le había hecho ver el amor por otras razas. Y por eso mismo empezó a preocuparse por los demás, algo extraño entre los de su especie.

-No soy el único así, tu bien lo sabes. -Respondió Mythalas leyendo el segundo pergamino. -En vuestro gremio hay elfos como yo.
-Pero son mestizos, no solares. Es más normal en sus casos, no en el tuyo.

La puerta de entrada se abrió sonando las campanillas de viento de la puerta, y al mirar vieron a una joven viera con atuendo de maga negra y a un joven lunarian de cabellos blancos. Mythalas sonrió al reconocer a la chica y, mientras ambos se quitaban el agua, él dejó el informe en el mostrador.

-Bienvenida, Ketriken. -Dijo el elfo sonriente al acercarse ambos. -Es siempre un placer verte. Has crecido mucho. ¿Cómo está Richard?
-Muy bien, señor Mythalas. -Contestó la viera ya sin su sombrero. -Mi padre le envía sus saludos y le pregunta si en dos semanas le gustaría cenar con nosotros.
-Siempre es un placer cenar con los Wolfeng, estaré encantado de ir. -Respondió el elfo, y miró al joven de ojos esmeralda. -¿Con quién tengo el gusto, caballero?
-Mi nombre es Ankar Einor, señor. -Dijo el joven haciendo el mismo saludo que le hizo a Faraheidy. -Soy el pupilo más reciente del maestro Wolfeng, vengo de la comarca de Lix.
-¿Pupilo de Wolfeng y llegado desde Lix...? -Dijo sorprendido el joyero, pero se repuso enseguida. -Es un viaje muy largo, la verdad. Mi nombre es Mythalas Cuervo del Bosque, soy uno de los cinco líderes del gremio de joyeros de la comarca de Burmecia.
-Señor Mythalas, Ankar es un joyero muy habilidoso para su edad.  -Dijo Ketriken. -Y pensé que podría entrar en el gremio de Burmecia.
-¿De verdad? Pero si es tan habilidoso como dices, seguro ya está en el gremio de Lix.
-Dije que vivía en la comarca de Lix, pero no en la capital. -Respondió con calma el joven. -Y no he estado afiliado nunca a ningún gremio, se lo aseguro.

El elfo lo miró con curiosidad. No era el típico muchacho deseoso de hacer dinero, porque sus ropas eran de mucha calidad, y tampoco parecía deseoso de demostrar sus habilidades. Seguramente era un joven que se había prendado de la hija de Richard después de que el elfo de cabellos negros hubiera echo tamaña excepción al aceptarlo, y había presumido de sus conocimientos, pero la mayoría de estos chicos llevaban una buena colección de joyas encima, y este muchacho no portaba ninguna a la vista.

Era algo extraño. No le cuadraba lo que veía con lo que pensaba. Solo podía hacer una cosa: ponerlo a prueba.

-Puedo hacerte las pruebas de admisión. -Explicó el elfo solar buscando unas cajas bajo el mostrador.
-¿Quiere hacerlo aquí? -Preguntó extrañado Ankar.
-¿Tienes algún problema con eso? -La voz del rubio era pura perspicacia.
-Lo digo por usted. Sacar joyas tan alegremente podría atraer malas compañías. -Explicó el albino. -No dudo de la capacidad de sus guardias, pero es mejor no llamar la atención innecesariamente.
-Es una observación muy interesante. -Admitió el adulto dejando tres cajas en el mostrador. -Pero a menos que usted quiera robarnos, señor, no debe preocuparse.
-¿Robar joyas? Jamás. -La expresión de Ankar parecía dolida, algo que a Mythalas le agradó.
-Bien. Entonces procedamos con las pruebas. -Abrió una de las cajas y sacó tres gemas iguales usando un pañuelo, y las dejó en la mesa. -Primero quiero ver tus conocimientos antes de tu habilidad. Aquí tenemos tres gemas pero solo una es genuina.
-La de la derecha. -Dijo Ankar de inmediato, sorprendiendo a Ketriken y a Mythalas.
-¿Por qué estás tan seguro?
-Por el brillo. -Explicó el albino. -La gema de obsidiana es una muy rara y aunque muchas gemas tienen un cierto brillo, esta es completamente opaca, de ahí su segundo nombre, la gema de la noche, ya que parece anular la luz que la ilumina. Las otras dos reflejan los destellos de las lámparas ligeramente.

Mythalas miró las gemas algo sorprendido. Poca gente conocía en la comarca la gema de la noche, ya que era una joya del reino de Tule, al otro lado del océano, pero la velocidad con la que el joven reconoció la piedra le dejó impresionado, más separándola de las copias hechas para parecerse lo máximo a la original. Algunos que hacían esa prueba la fallan después de estar al menos media hora observando las piedras.

-Estas copias están muy bien hechas, de hecho. -Dijo entonces el joven señalando una de ellas. -Pero es difícil replicar la anulación de la luz si no se usa magia, y a la gente no le gusta la magia en sus joyas a menos que sean para hacer reliquias.
-Vaya... -¿En Lix tienen esas tendencias?
-No solo en Lix. Como dije, a menos que se hagan reliquias arcanas, la gente prefiere que sus joyas luzcan por su belleza y no por poder lanzar bolas de fuego.
-Pero a veces un noble quiere una joya de protección porque teme ser atacado.
-En ese caso le diría de comprar una reliquia hecha para eso, o que pidiera una joya especialmente para eso, por encargo. -Repuso Ankar de manera tajante. -Un joyero no puede crear joyas que no se pueden vender, y crear una reliquia para que acumule polvo en el estante o en la tienda no solo es rentable, sino también un desperdicio.
-Pero si tuvieras un mecenas no sería tanto problema.
-No todo el mundo tiene la suerte de tener un mecenas, señor. -Respondió el chico con calma. -Si fuera tan fácil no existiría un gremio de joyeros. ¿No le parece?

Mythalas soltó una fuerte carcajada. Su pensamiento y el del muchacho coincidían bastante, y no es algo que muchos joyeros pensaran. Algunos en el oficio que trabajaban de manera independiente sin afiliarse al gremio, fuera por vanidad o por soberbia, creían que podían conseguir un mecenas de manera sencilla, o que venderían sus joyas con facilidad. Y luego se estrellaban contra la cruda realidad.

-Bien, me gusta tu mentalidad. -Le dijo al joven y cruzó las manos sobre el tablero. -¿Tienes alguna obra? Quisiera ver cómo trabajas.
-Yo tengo algo. -Dijo entonces Ketriken acercando su muñeca, donde estaba la cadena trenzada que le había regalado unas horas antes.
-Pero esa es solo un prototipo muy antiguo. -Se quejó Ankar, aunque su tono demostraba algo de incomodidad. -Fue de las primeras que hice, puede que se rompa por un mal movimiento.

El elfo joyero tomó con cuidado la cadena de Ketriken mientras seguía escuchando como Ankar sacaba defectos de su propia obra, y la dejaba en una pequeña pieza de tela aterciopelada negra en el mostrador. Lo que hacía el joven no era una estrategia para que el elfo pensara distinto, ya que de hecho, al sostenerla sabía que era demasiado ligera para una pulsera, pero el diseño le recordaba las antiguas joyas lunarians de la época de las leyendas. Sí se dio cuenta igual del desgaste y del esfuerzo realizado para trenzar el material sin que se rompiera, pero al mismo tiempo notó todos los defectos que su propio creador señalaba.

-Si es uno de tus primeros trabajos, he de decir que me gusta mucho. Se nota la inexperiencia en esta obra, pero también el esfuerzo que le pusiste. -Contestó Mythalas, apartando un poco el tapete de terciopelo y dejándolo al lado de las gemas. -Como bien dices, puede romperse con facilidad. ¿Has pensado cómo arreglarla?
-Tengo dos opciones, o añadirle más material y arreglar dichos fallos, o reforjarla desde cero, que creo sería la mejor opción.
-¿Y eso por qué?
-Si fueran armas o armaduras, añadir algo de material sería útil si se tiene una buena habilidad para ello, pero en algo tan pequeño que se mueve tanto puede romperlo más y sería peor el remedio que la enfermedad.
-Simplemente quieres hacer una nueva joya.
-Cada joya es única para mí. -Dijo Ankar señalando la cadena. -Da igual que uno haga exactamente la misma joya, todas son distintas, sea por los defectos o por el simple peso del material.
-¿De qué material harías la nueva pulsera?
-Algún material duro. Este era de hierro, pero quizás usar acero recubierto de bronce o algo similar podría ser útil.
-¿No has pensado en usar oro o plata?
-Son metales hermosos, pero muy caros, y no todas las personas pueden permitirse comprar una cadena de oro cuando solo pueden permitirse estaño.
-Entonces prefieres materiales baratos. ¿Verdad?
-Depende del cliente, y depende del presupuesto. No puedo darle un collar de bronce a alguien que paga por oro, y no puedo exigir el pago por plata si la persona solo puede permitirse estaño.
-¿Hacia quien harías tus joyas?
-¿Perdón?
-¿Qué mercado buscas? ¿Harás joyas para los nobles? ¿Los burgueses?

El muchacho se quedó un momento en silencio, algo que agradó a Mythalas. Las preguntas que le hizo habían sido respondidas de manera directa, concisa y sin vacilar, algo que el joyero no quería, pues parecían respuestas preparadas, así que esa pausa le gustó, ya que indicaba que estaba pensando la respuesta que quería dar.

-No me importa quien compre mis joyas. -Respondió el joven. -La belleza del arte no debe de ser algo solo para los ricos o nobles, los más humildes deben tener también acceso.
-No muchos piensan así. -Respondió el hombre asintiendo. -Me gusta tu forma de pensar. Toma, apunta tus datos personales aquí. -Le dio un pergamino con algunas cosas por rellenar, pluma y tintero. -Cualquier joya que quieras vender, te la compraremos y la venderemos por ti, al menos hasta que tengas tu cartera de clientes o tu propia tienda. Debes crear un escudo de armas para ser tu sello, y si tienes un mecenas has de avisarnos. En toda Gaia hay sucursales de este gremio y actuamos como banco para los miembros, y si necesitas materiales te los conseguiremos a un precio mucho más asequible que en otros lugares.
-Magnífico. Sólo deme un momento, aunque el escudo se lo tendré que traer en otro momento.
-No hay ningún problema siempre que sea antes de entregar tu primera joya.

Ankar tomó todo y se sentó en una mesa, mientras que Mythalas miraba a Ketriken, que estaba bastante sorprendida.

-¿Quién es tu novio, Ketriken?
-¡¿Mi qué?! -Preguntó ella roja como tomate, pero se calmó al ver cómo el hombre se reía. -No bromee, señor Mythalas. Es el pupilo de mi padre.
-Eso dijo, pero me resultó inverosímil. Richard nunca ha aceptado pupilos. Llegó hasta el punto de decir que no iba a recibir pupilo alguno.
-Solo sé que Ankar es el hijo del mejor amigo de mi padre.
-¿El mejor amigo de tu padre...? Eso es extraño...

Durante un rato estuvieron hablando sobre todo y nada, hasta que Ankar entregó el pergamino con toda la información. El elfo le dio una cadena de obsidiana con eslabones gruesos y con su nombre grabado en él. Su licencia como joyero.

Acto seguido, se despidieron y dejaron el gremio. La lluvia había descendido y las gotas eran gruesas.

-¿Es cierto que en Burmecia nunca deja de llover? -Preguntó Ankar mirando al cielo.
-Sí, es cierto. Aunque nadie sabe con certeza porqué, algunos dicen que es porque el maná está descontrolado aquí, y por eso nunca se dispersan las nubes.
-Es algo muy curioso. -Dijo el albino. -En Nibel la lluvia es muy fina y sólo cae en meses de primavera y principios de otoño, después todo es frío y nieve cuando es invierno y frescor en verano.
-¿Cómo es la nieve? -Preguntó Ketriken. -Nunca cae aquí.

Durante la travesía hasta la torre de magia estuvieron hablando sobre las diferencias del clima de ambas comarcas, aprendiendo de primera mano sobre los otros lugares y luego cambiaron de tema hacia la comida de sus respectivos lugares de origen. Tardaron cerca de una hora en llegar a la escuela.

Los terrenos de la torre eran amplios y bien cuidados, con patios grandes con porches para que los más jóvenes jugaran, y la arquitectura de la torre era bella y alta al más puro estilo burmeciano, con piedra pizarra como material principal con un estilo gótico grabados en ella. Había bastantes personas de diferentes razas entrando y saliendo de ella, algo que miró con atención el albino.

-¿Qué opinas de la torre? -Preguntó Ketriken.
-La arquitectura es muy hermosa, he de reconocer. ¿Dónde debemos ir?
-Vamos primero a ver a mi tutor.

Entraron, pasando al lado de varios estudiantes que se les quedaron mirando, pero Ankar los ignoró a todos para ver el interior. Grandes candelabros y chimeneas iluminaban el lugar con multitud de bancos en las paredes y pasillos a los lados, y yendo justo de frente un gran escritorio delante de unas escaleras, con un hombre y una mujer sentados detrás. Se acercaron a ellos.

-Hola, señorita Wolfeng. -Saludó el hombre, un humano con ropas de escolar, igual que la mujer, que pertenecía a la raza de los enanos. -¿Qué le trae por aquí fuera de sus horas lectivas?
-¿Sabe si terminó su reunión el profesor Clevernut? -Preguntó la chica. -Necesito hablar con él.
-No tengo conocimiento de eso, pero puede ir a su despacho, pues si sé que está ahora mismo allá.
-Se lo agradezco. Vengo acompañada por él. -Dijo señalando a Ankar, que saludó con la cabeza. -Espero que no haya ningún problema.
-Por supuesto que no.

Ambos subieron las escaleras por detrás del escritorio viendo los cuadros de las paredes, y Ketriken le explicaba que el profesor Clevernut era su tutor y amigo de su madre, y una eminencia en materia de historia en la comarca de Burmecia. Al llegar a la puerta del despacho, tallada con motivos de plumas y aves, la chica tocó la puerta y esperó. La puerta se abrió, mostrando a una chica elfa de largos cabellos cobrizos y ropas de maga blanca.

-¿Puedo ayudarla, señorita Wolfeng? -Preguntó la muchacha.
-Quisiéramos hablar con el profesor Clevernut. ¿Sabe si terminó su reunión?
-En este momento todavía está ligeramente ocupado. -Respondió la maga blanca. -Pero puedo preguntarle.
-Por favor.

La puerta se cerró y no se escuchó nada hasta que se volvió a abrir, esta ve por completo.

-El profesor Clevernut y el director Asguen los recibirán ahora.
-¿El director está aquí? -Preguntó extrañada Ketriken.
-Sí, estaba hablando con el profesor.
-¿No debíamos hablar con él también? -Preguntó ahora Ankar, y ante el asentimiento de la viera, el chico se encogió de hombros. -Entonces ahorramos tiempo.

Ketriken estaba nerviosa mientras caminaban al interior del despacho. Normalmente ese no era el protocolo a seguir, pero parecía que Ankar desconocía esas normas de la sociedad. La antesala del despacho, donde estaba el escritorio de la chica elfa, era pequeño con un par de sillas para esperar sentados, pero la maga blanca les hizo pasar a la habitación del maestro, el cual era amplio, con varias estanterías con multitud de libros de variada índole, aunque la mayoría eran de historia. Los sofás de estudio estaban cerca de las lámparas árboles lumínicos, y en el escritorio principal estaba sentado Clevernut, el maestro de historia de Ketriken, con Asguen, el director, frente a él. Eran como el día y la noche, ya que Clevernut era un enano de larga cabellera y barba negras y ropas de mago negro, mientras que Asguen era un alto lunarian de cortos cabellos y pulcra barba nívea, combinando con su túnica de mago blanco.

-Siento importunarles, señores. -Dijo Ketriken con educación.
-No hay problema, querida. -Dijo Asguen sonriente. Sus ojos grises se fijaron en Ankar. -Veo que hoy vienes con escolta.
-No diría tanto. -Dijo sonrojada la viera. -Les presento a Ankar Einor. -El albino volvió a saludar como hizo con la madre de la chica. -Es el pupilo de mi padre, y viene de la comarca de Lix.
-¿Pupilo de Wolfeng? -Preguntó Clevernut extrañado. -Recuerdo que Richard dijo que jamás tomaría aprendiz alguno, ni siquiera a tu prima Undine.
-Solo sé que fue una petición del mejor amigo de mi padre. -Explicó la chica. -Aunque no se mucho más al respecto. -Sacó el pergamino que escribió Faraheidy de su bolsa y se la extendió hacia ellos. -Mi madre les envía esto sobre él.

Asguen tomó el pergamino y lo leyó con rapidez, y le pasó el pergamino a Clevernut, que hizo lo mismo. El director se giró a Ankar.

-La profesora Wolfeng nos pide que te aceptemos en las clases básicas y de teoría de la magia arcana. ¿Puedo saber tu nivel de estudios?
-No he asistido nunca a una escuela. -Respondió el joven con firmeza. -Pero me destaco en historia y conocimiento arcano.
-¿En serio? Me parece la mar de interesante. -Dijo el enano dejando el pergamino a un lado. -Quisiera poner a prueba tus conocimientos como historiador.
-¿Qué desea saber?
-Que buena pregunta... -Dijo mesándose la barba, y miró al director antes de sonreír. -Dime, muchacho... ¿Cuándo fue la primera vez que se vio a un lunarian?
-Es una pregunta interesante. -Dijo Ankar serio. -Si nos basamos en las leyendas podemos dilucidar que el primero apareció en el año 45.000 antes de la niebla, cuando se habla de los llamados ¨Hijos de la Luna¨ en el cuento popular ¨El Niño de la Luna¨, pero si hablamos de fuentes oficiales aparecieron en el 44.000 antes de la niebla en lo que nosotros conocemos actualmente como Damcyan, junto a los Fusdragon o Dragonkin.
-Una respuesta impecable, pero es algo que todo lunarian conocedor de su historia sabe. ¿De verdad vienes de Lix y no de Artúridas, la capital de Ragnarok? -Preguntó el director.
-Así es, en realidad es la primera vez que salgo de la comarca. -Respondió el chico.
-Interesante. Dime. De entre todas las escuelas de magia. ¿Cuáles han sido eliminadas de la Casa de Colores de Madain Sari? -Preguntó el mago blanco.
-Si su pregunta es qué casas estuvieron y luego fueron excomulgadas, podríamos hablar de los magos pardos, los magos celestes y los oráculos, aunque estos últimos fueron convertidos en magos verdes, mientras que las otras dos fueron obligadas a dejar sus enseñanzas en Madain Sari y comenzaron a enseñarlas fuera de la ley mágica.
-¿Eso es una suposición tuya, o tienes pruebas? -Preguntó ahora el enano maestro levantando las cejas. -Porque las fuentes oficiales dicen que los cambiapieles y los ilusionistas dejaron de existir hace siglos.
-Las fuentes oficiales dicen exactamente ¨después de sus juicios, las casas de la magia fueron expulsadas y eliminadas de las enseñanzas de la capital de la magia¨. Si ve entre líneas, dichas fuentes no hablan de un exterminio, sino de un exilio. -Respondió Ankar. -Años después se dio que habían acabado con los susodichos, pero fue una fuente no oficial, y de esa forma no se puede uno asegurar de nada.
-Entonces son suposiciones.
-Si no hiciéramos suposiciones, saber de historia y folclor no serviría de nada.
-Una curiosa forma de pensar. ¿Qué opinas, Morak? -Preguntó el lunarian.
-Me gustaría mucho tenerlo en mis clases, demostró un buen conocimiento. -Dijo el enano mesándose de nuevo la negra barba. -No todos saben leer entre líneas.
-Bien...
-Además, si todo va bien, podríamos tener un futuro maestro adjunto de historia. -Dijo el enano sonriendo, a lo que el director rió fuerte.
-Tan joven no creo que quiera dedicarse a la docencia, Morak. -Comentó y miró a Ankar. -Acabas de llegar. ¿Verdad? -Ante el asentimiento de ambos jóvenes, el lunarian solo asintió. -Bien, entonces empezarás la semana que viene. Morak Clevernut será tu tutor. Cualquier cosa que necesites puedes preguntarle a él o buscarme a mí.
-Yo le puedo hacer de guía. -Intervino Ketriken entonces, pero se puso colorada. -Si no hay problema, claro.
-Es perfecto entonces. -Dijo entonces el maestro de historia. -Así no se perderá en la torre.
-La señorita Wolfeng te explicará las normas de la torre. -Asguen se levantó y estrechó la mano de Ankar. -Bienvenido a la Torre número 17 de la capital de Burmecia, con nombre ¨Torre del Halcón Blanco¨.
-Es un honor. -Respondió Ankar. -Espero ver la formación burmeciana con muchas ganas.

Se despidieron y salieron del despacho, y mientras caminaban, Ketriken le explicó las normas del lugar. Ankar atendió a la explicación con calma mientras llegaban al porche de la salida, donde se detuvieron viendo la lluvia.

-Lo bueno es que ya no llueve tanto. -Comentó Ketriken sonriendo. -Espero que no te moleste la lluvia.
-Tranquila, todo está bien. -Contestó él después de sonreír. -Será raro no ver el sol durante un tiempo, pero...
-¿Ketriken? ¿Qué haces aquí todavía?

La voz masculina venía de atrás, aunque la expresión de la chica era de cansancio al reconocerla. Era un joven viera masculino, con elegantes ropas blancas y verdes, acompañado de otros estudiantes de distintas razas, pero se notaba a la legua su liderazgo.

-Lo que haga o deje de hacer no te incumbe, Li. -Respondió la chica de mal humor.
-Si lo que querías era verme no tenías que buscar excusas o dejarte llevar por tu timidez. -Dijo el llamado Li. -Sé que muchas no podéis pasar ni un solo día sin verme, no debes avergonzarte.
-No te tires desde tu ego, Li, porque te matarías. -Le contestó la joven girándose, pero se detuvo al ser sujetada del brazo por el joven viera.
-Vamos, esa actitud de dura no va contigo, querida. -Le dijo con una sonrisa de autosuficiencia. -¿Por qué no nos dejamos de flirteos de una buena vez y vamos directamente a mi casa?
-Suéltame, me haces daño.
-Déjate de bromas y...

Pero Li se quedó callado cuando otra mano, blanca esta vez, sujetó su muñeca. Al ver, pudo encontrarse con Ankar con una mirada llena de furia.

-Suéltala.

El tono de voz era plano, sin sentimiento, pero el ambiente cambió a su alrededor. Aun debajo del porche Li sintió un escalofrío en su espalda, como si un animal salvaje le estuviera acechando. Pero su sentido común perdió contra su ego.

-¿Y tú quién te crees que eres? -Preguntó moviendo su brazo, pero el albino no soltaba su presa.
-Suéltala. -Volvió a decir Ankar, apretando más la muñeca del chico.
-¿Acaso no sabes quién soy? -Preguntó con furia el viera, pero estaba empezando a sudar de dolor.
-Un manco si no la sueltas inmediatamente. No lo volveré a repetir.

Apretó más, y el joven soltó un pequeño y horrible grito de dolor, liberando a Ketriken. Ankar levantó el brazo de Li sin dejar de mirarlo a los ojos.

-Te expulsarán por esto. -Alcanzó a decir el viera con un hilo de voz.
-Solo pueden expulsarme si uso magia o algún arma, pero como ese no es el caso, no me preocuparé. -Respondió el albino sin soltarlo.
-Mi padre se enterará de esto...
-¿Y qué? -La pregunta indiferente de Ankar dejó mudo por un momento al viera. -¿Acaso eres tan sumamente débil que solo puedes depender del poder de los otros? ¿No tienes las agallas de luchar por ti mismo?
-Si quisiera podría calcinarte usando a Ifrit, bastardo. -Respondió Li, pero la palidez de su rostro demostraba el dolor que estaba sintiendo.

Ankar dejó escapar una ligera risa.

-Tu elección de escuela de magia solo confirma lo que estoy diciendo. -El albino apretó un poco más el brazo, lastimando más a Li. -Delegas en otros tus propias batallas, sin siquiera pensar en ellos. No eres más que un inútil parásito.

Dio un fuerte tirón y lanzó al joven hacia atrás, haciéndole perder el equilibrio y dando a parar en el suelo sujetándose el brazo. Uno de los amigos que lo acompañaba se agachó mientras otro se ponía entre el grupo y el albino, pero la sangre se les heló al ver los ojos esmeralda del albino. Unos ojos que destilaban sed de sangre. Los ojos de un dragón.

-Vete. -Dijo, y el ambiente volvió a oscurecerse. Parecía que solo podían ver esos ojos brillantes. -No quiero volver a verte cerca de Ketriken. No quiero ni siquiera escuchar tu asquerosa voz de parásito cerca de nosotros, o la próxima vez no seré tan benévolo. ¿He hablado claro?
-Te arrepentirás de esto, mugroso animal.
-Vámonos, Ankar. -Dijo Ketriken tomando el brazo de Ankar. Estaba algo pálida. -Li no merece la pena.

El joven de ojos esmeralda echó una última mirada al grupo de Li antes de girarse, colocando su mano en la cintura de la chica en actitud protectora. La joven viera estaba completamente anonadada, pues era la primera vez que veía al engreído de Xinjin Li absolutamente abrumado por alguien que no fuera un adulto.

-¿Quién se cree que es ese desecho de antoleón? -Preguntó Ankar. Se le veía bastante molesto.
-Xinjin Li. -Dijo Ketriken mientras la lluvia golpeaba su sombrero. -Es el hijo mayor de la familia Li, una familia burguesa muy rica del reino. Patrocinan muchas fiestas y artistas en los barrios nobles.
-Un niño mimado. -Terminó el albino, que no se había puesto su capucha y sus cabellos se empezaban a mojar. -Un brabucón que no hace nada por sí mismo, un cobarde que se escuda en el oro que nunca se ganó. Un parásito.
-Mucha gente no le dice nada porque sus padres tienen mucha influencia en el reino. -Explicó la aprendiz de maga negra. -No quieren tener a los Li como enemigos. Solo los que tienen más influencia que su familia se atreven a plantarle cara... y bueno, ahora tú.

La chica viera había visto a varias personas que se habían opuesto a esa familia, y muchos habían perdido todo cuanto poseían. Pero la seguridad de Ankar había hecho que Ketriken se sintiera completamente protegida. Sentía su rostro ardiendo, hasta la punta de sus orejas. Miró a Ankar, sus ojos demostraban su enfado y determinación, y sus cabellos mojados le daban un aspecto más peligroso, pero al mismo tiempo se sentía protegida gracias a ese aspecto. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la había tomado de la cintura, y bajó su sombrero aún más para que no viera el sonrojo de su cara.

-Ya... ya puedes soltarme, si quieres... -Dijo titubeante ella. Ankar la miró, y ella vio que sus ojos no destilaban más que preocupación.
-¿Te sientes bien?
-Sí, pero... bueno, no diré que no me gusta tener a un galante caballero protegiéndome, pero quizás piensen lo que no es.
-Como tú quieras, pero si estoy contigo, siempre te protegeré. -Respondió Ankar soltándola, pero ella le tomó el brazo con una sonrisa contenta.
-Por esa respuesta, entonces te pido que me lleves del brazo.
-Será un honor.

Continuaron caminando de esa manera, charlando sobre muchas cosas, y Ketriken se sentía muy alegre porque cada vez que él le hablaba sentía que de verdad estaba teniendo un amigo. Llegaron a una tienda de muebles y pudieron comprar un arcón grande con varios compartimentos, y lo iban a enviar a la casa el día siguiente.

Sin embargo, al salir del establecimiento, la joven vio a la última persona que quería encontrarse al otro lado de la calle. Era más o menos igual de alta que ella, aunque como era un año mayor tenía el cuerpo más desarrollado. Sus pechos sin embargo eran más pequeños que los de Ketriken (algo de lo que secretamente estaba orgullosa) y sus ojos eran de un color granate ligeramente afilados. Su cabello tenía un ligero tono dorado que hacía verse casi como blanco. Llevaba con porte orgulloso ropas rojas de los escuderos de Burmecia, con una lanza atada a la espalda.

Su prima Undine.

Se deprimió al instante, ya que ya se estaba imaginando cómo iba a ir el resto del día. Ankar quedaría prendado de la personalidad de Undine, se irían juntos y Ketriken volvería sola a casa a llorar por no tener amigos de nuevo.

Ya se había acostumbrado a eso.

-¡Ketriken!

El grito de su prima la sacó de sus pensamientos, y vio que estaba todavía sujeta del brazo de Ankar, el cual había cambiado su expresión a una similar a cuando estaban con Li.

¨Oh no... Mis nervios me están traicionando, Ankar piensa que Undine es como Li.¨ Pensó la joven, y le puso la mano libre en el brazo para tranquilizarlo. Casi al instante dejó de ver esa mirada peligrosa.

-Ella es mi prima, Undine Guinness, es la hija de la hermana de mamá. -Le explicó la chica, y mirando a la que se acercaba le habló. -¿Qué ocurre, Din?

La recién llegada miró rápidamente a Ankar de arriba abajo. ¨Lo está evaluando¨ se dijo Ketriken molesta. No tenía ninguna gana de encontrarse con ella después de la charla que tuvieron por la mañana. Undine miró a la chica con una sonrisa.

-¿Dónde has estado? -Preguntó con una voz jovial y llena de confianza. -Me dijeron que saliste, pero no me dijeron que irías acompañada. -tomó la mano de Ankar que sujetaba la de Ketriken con algo de soberbia y se la estrechó. -Hola, soy Undine, la...
-Prima de Ketriken, lo sé. -Dijo Ankar frío. -Magnífico este encuentro.
-¿Verdad que si? Y dime. ¿Tú quién eres?
-Soy el pupilo del maestro Wolfeng, mi nombre... -Pero se interrumpió con la carcajada de Undine. Ketriken lo vio fruncir el ceño. ¿He dicho algo que te resulte gracioso?
-Oh, si, por supuesto. -Dijo Undine mirando a su prima, todavía con alguna lágrima de risa. -¿De dónde sacaste a este ingenuo? Todo el reino sabe que tu padre no toma pupilos. Si ni siquiera yo fui aceptada.
-Yo... -La aprendiz de maga no sabía qué decir. Le pasaba muchas veces cuando la apabullante personalidad de su prima la arrollaba.
-Tranquila, yo lo entiendo, este chico te digo eso para acercarse a ti. -Terminó diciendo la otra chica, y miró a Ankar. -Pero has de entender algo, todos los que quieran acercarse a mi prima primero tienen que pasar por mi sin decir sandeces como esa.
-¿Y si no quiero pasar por ti? -Preguntó Ankar. Ketriken se dio cuenta de que no estaba siendo formal.
-Oh, vamos, todos quieren pasar por mí. -Respondió Undine riendo. Pero dejó de sonreír al ver la expresión burlona del albino.
-Entonces hoy será una grata experiencia para ti. -Dijo él, y tomó de nuevo a Ketriken de la mano como un caballero. -No tengo ninguna intención de ¨pasar por ti¨, ya que ni sabía quién eres, ni me interesa saberlo. Mucho menos si la persona en cuestión es tan débil que avasalla a los demás para demostrar que es algo que no es. Que tengas un buen día.
-¿Quién te crees que eres? -Gritó furiosa Undine poniéndose delante de ambos antes de que emprendieran la marcha. -¿Sabes acaso donde te estás metiendo? ¿Voy a tener que romperte esa linda cara en un duelo?
-No estás calificada. -Dijo Ankar pasando junto a ella, con Ketriken en el lado que no se acercaba a su prima. -Por tu uniforme veo que solo eres una escudera. No estamos al mismo nivel, y para un duelo con alguien de mayor rango debes tener el permiso de tu superior.
-¿De mayor rango? ¿Me crees estúpida? ¡No eres más que otro escudero engreído sureño!
-En eso te equivocas. -Dijo el albino sin dejar de caminar, y la miró de reojo. -No por ser tu una escudera significa que yo lo sea. Yo llevo años siendo dragontino.

Ketriken miró hacia su prima y se sorprendió al verla boquiabierta y asombrada... algo que no había visto nunca hasta ese día. En el fondo, Ketriken se sintió como nunca se había sentido después de una discusión con su prima. Por primera vez tuvo la sensación de que, aunque no fuera ella la artífice, había ganado a Undine.

Miró a Ankar y apretó la mano de él.

-Eres increíble. -Le dijo, y Ankar la miró extrañado.
-¿Por qué lo dices?
-No he visto nunca a Undine quedarse sin palabras. -Respondió ella. -Siempre tiene que terminar ella, siempre tiene que tener la última palabra... y hoy le han dejado patidifusa.
-Si no viera que realmente es una viera, encajaría con los prejuicios que se tienen de los elfos. -Dijo el albino mirando al frente.

Ketriken se mordió el labio, porque ella también era hija de un elfo, pero se soltó el mordisco casi de inmediato, ya que Ankar dijo ¨prejuicios¨ y no ¨es igual¨. No estaba diciendo que los elfos fueran así, si no que algunas personas piensan que son así. Sonrió feliz al ver que su nuevo amigo no era prejuicioso.

-De hecho... el padre de Din es un elfo, igual que papá. -Explicó la chica. -Pero a diferencia de él, su padre era... bueno, como tú dices, un déspota orgulloso de su pureza de sangre... y ese orgullo lo heredó ella.
-Hasta que le rompan la cara.

Llegaron a la casa sin dejar de hablar sobre las herencias, y el olor a sopa inundaba el domicilio cuando entraron. Ketriken vio a su padre sentado en la mesa con unos pergaminos en las manos, leyendo, mientras que su madre estaba cocinando uno de los platos favoritos de la chica. Se quitaron la ropa impermeable y se acercaron mientras Richard les miraba con una sonrisa.

-¿Qué tal os fue? -Preguntó el elfo dejando los papeles en la mesa.
-Muy bien, Ankar es miembro del gremio de joyeros, y la semana que viene empieza las clases. -Respondió alegre Ketriken. -Su tutor es el profesor Clevernut. Y mañana traerán su arcón desde la tienda.
-Ankar, querido, ve a secarte. -Dijo Farah al mirar al albino. -Después ponte ropa seca para estar cómodo para la cena.
-Claro, como no. -Dijo el joven yendo a su cuarto.

La viera se metió en la cocina y le dio un beso a su madre en la mejilla, y tomó uno de los delantales para ayudar con lo que había en el fuego. La madre la miró y empezó a hablar.

-Estás muy contenta hoy. ¿Qué ocurrió en el camino?
-Bueno... varias cosas. -Dijo ella sonriente, y empezó a relatar sus aventuras con el chico. -¿Sabes? Quizás sea infantil pero... me alegro de que Ankar me escogiera a mí...

Su madre sonrió abiertamente y tapó la olla de la sopa justo en el momento en que alguien tocaba la campanilla de entrada. Farah se secó las manos en su delantal y fue a abrir la puerta, para encontrar a una inquieta Undine.

-Hola, tía Farah. ¿Está el tío Richard?
-Sí, pasa. Te veo alterada. -Dijo la maga roja dejándola entrar.
-Como para no estarlo. -Repuso Undine entrando y dejando sus ropas impermeables. -Ketriken ha sido engañada por un idiota y vengo a avisar al tío.
-¿Ha sido engañada? -Preguntó el elfo sin levantase de la silla. La joven se acercó a él.
-Tío, un estúpido albino está intentando meterse en los calzones de Ketriken diciendo que es tu pupilo. -Dijo la chica, casi sin respirar.
-¿Se quiere meter en sus calzones? -Preguntó con curiosidad el drakonarius.
-Sí.
-¿Y cómo es ese hombre?
-Alto, de pelo blanco, ojos verdes.
-Oh. ¿Qué parece que siempre tiene una expresión de un drako de viento al acecho?
-Sí.
-¿Qué lleva ropa de escamas?
-Sí, ese es. -Contestó ella casi perdiendo la paciencia.
-Oh, ya... entonces... ¿Cuál es el problema con él, dices?
-¡Se está haciendo pasar por tu pupilo para intentar impresionar a mi prima! -Gritó ella con furia. -¡Todos en Burmecia saben que no tomas pupilos! No entiendo como Ketriken se dejó engañar por ese idiota.
-Bueno... tenemos una serie de problemas de desinformación aquí. -Empezó a decir Richard amontonando los pergaminos que tenía en la mesa. -La primera situación es que no es un estúpido, porque de hecho es muy inteligente. En segundo lugar, no se quiere meter en los calzones de mi hija... creo que él se lo tomaría demasiado literalmente esa frase. Y por último, sí es mi pupilo. Su nombre es Ankar Einor y está en el piso de arriba cambiándose de ropa.

La boca de Undine se abrió totalmente sin poder creer lo que acababa de escuchar. La sonrisa de Richard no despareció ni siquiera después de que la joven golpeara la mesa con ambas manos.

-¡No bromees con eso, tío Richard! -Gritó furiosa.
-No bromeo, Undine. -Le respondió él con tranquilidad.
-¡Ni siquiera a mí me entrenaste! -Gritó ella sin un ápice de tranquilidad. -¡¿Y vas a entrenar a un mugroso extranjero?!
-Hace mucho tiempo yo también fui un mugroso extranjero. -Dijo serio ahora el elfo, y Undine se puso pálida. -Así que sería mejor que controlaras tu lengua.
-Debería ser yo tu pupila. -Dijo ella después de un corto silencio. -Soy de tu familia, la viera con más talento de todo el reino, y la futura Gran General.
-Y cuando te pones a cagar, sacas oro por el culo y plata por el coño. -Repuso Richard molesto. -¿Algo que me haya dejado? -Al ver que la chica se quedó callada, el drakonarius continuó. -Dime, entonces. ¿Quién eres tú para decidir a quién debo tomar como pupilo? ¿Eres la Zarina?
-No...
-¿Eres la Gran General de la generación actual?
-No, pero...
-¿Eres mi madre?
-No...
-¿Eres alguien lo suficientemente importante como para que te tenga en consideración, sea por riquezas, influencia o rango? -La chica negó con la cabeza. -Entonces te estás sobreestimando de tantas maneras que podrías hacer un libro, sobrina.
-¡Pero...!
-Basta. -La cortó levantando una mano dejando de mirar a la chica y volviendo a acomodar los pergaminos de la mesa. -Nadie tiene el derecho a decirle a otra persona quienes deben de ser sus pupilos. Ni siquiera la Zarina.
-¡Pero tío...!
-Ya basta, he dicho. Ve a tu casa ahora mismo, no quiero verte aquí por el resto del día. ¿He hablado claro?

Undine se puso púrpura del esfuerzo y se giró indignada, tomando su ropa y saliendo dando un fuerte portazo. Richard suspiró cansado mientras Fara se acercaba a él.

-No pensaste en el qué dirán. ¿Verdad? -Preguntó la mujer viera con una sonrisa. El elfo la miró con una sonrisa pícara.
-Claro que lo hice. -Respondió, aunque se le notaba cansado. -Pero da igual cuánto hubiera preparado, el resultado hubiera sido el mismo.
-¿A qué te refieres? -Preguntó Ketriken desde la puerta de la cocina. Ambos miraron a su hija.
-¿Cuánto escuchaste?
-Todo.

Richard suspiró de nuevo, sonriendo ahora con un tono más tranquilo. Le hizo señas a su hija para que se sentara, y ella se acercó con una bandeja con cuencos humeantes llenos de sopa. Los dejó en la mesa y se sentó al lado de su padre.

-Verás, cariño... El puesto que ostento es muy visible. -Empezó a explicar Richard. -Muchos movimientos son mirados con lupa y criticados o alabados dependiendo de lo que hagan. También indican qué acciones tomar en la dichosa ¨Función¨. Por dicho motivo no había tomado pupilos hasta ahora, porque la gente puede malinterpretar ese gesto.
-¿A qué te refieres?
-Bueno, si tomaba como aprendiz al hijo de los Janitor, que son burgueses, podría la gente pensar que es una posible vía al matrimonio entre tú y él. -Explicó el elfo. -Por otro lado, también sería un problema para el ejército, ya que podría dar a entender que es algo así como mi sucesor y futuro Gran General. ¿Comprendes?
-Es por eso que tomaste a un extranjero. ¿Verdad? -Preguntó entonces Ketriken. -Para que no se hagan ideas equivocadas sobre tu sucesor.
-Oh, no, querida. Esa posibilidad siempre estará. -Dijo el de cabellos negros riendo. -Mi maestra era Gran General, y yo acabé siéndolo aun siendo extranjero. Te aseguro que pronto le lloverán a Ankar tanto amigos como pretendientes.
-¿En serio...?
-Pero Ankar es distinto a las personas de aquí. -Cortó Richard sonriendo. -Él no busca la fama o el poder, ni tampoco agradar a los demás. Él tiene una mentalidad diferente, algo que lo ayudará en la capital. Pero debe aprender las formas de Burmecia. Dime, cariño... ¿Le ayudarás a no perderse?
-¡Claro que sí! -Dijo la chica roja como un tomate. -Y no es ninguna molestia, será divertido tener... un amigo... para variar.
-Ve entonces a preparar su plato. -Dijo Farah con una sonrisa. -Que su estómago también hay que llenarlo.

Ketriken fue hacia la cocina mientras Farah miraba a Richard.

-Hay más. ¿Verdad? -Preguntó ella, y Richard asintió.
-Claro. No puedo negarme a un favor pedido por mi maestro.
-No me refiero a eso. -Sonrió la viera mientras observaba a su hija en la otra habitación. -Creo que es mucha casualidad que aceptes un pupilo poco después de que nos llegaran esas propuestas de matrimonio para las niñas.
-¿Qué insinúas? ¿Qué metí a Ankar aquí para juntarlo con Ketriken?
-No lo habría dicho mejor.
-Quiero que Ketriken encuentre su eclipse, como tú. -Dijo el elfo serio. -No voy a prometerla con nadie, eso es horrible. Y menos con nobles burmecianos. Igual va para la casquivana de tu sobrina.
-¿Y si Ketriken se enamora de Ankar?
-Nuestra hija es más madura que cualquiera de su edad. -Respondió él. -No creo que caiga en un simple enamoramiento.
-¿Y si es Ankar el que se termina enamorando de ella? -Preguntó la profesora en voz baja. -¿Y si son un eclipse?
-Si es así... ¿Quiénes somos nosotros para oponernos?

La sonrisa de su marido le confirmó sus sospechas. Que se enamoren era solo cuestión de ellos dos, era cierto, pero Faraheidy nunca quiso que su hija estuviera con un noble para sumarla a su harén, y su esposo tampoco. Por eso rechazó todas las propuestas de matrimonio que llegaron desde hace dos días por Ketriken y por Undine, ya que él se encargaba como un padre para la sobrina de ambos. Sin embargo, no estaba preparada para ver el tipo de plan que tuviera su esposo.

-¿Cuánto hace que planeaste esto?
-Iregore y yo lo hablamos hoy. A él le parece una idea interesante, y a mí me ayuda. Todo queda en familia.

La gente no lo sabía, tan solo su familia y la Zarina, pero Richard Wolfeng era una persona maquiavélica que pensaba cinco pasos por delante de todas las personas.

Cuando iba a decírselo, se quedó callada al ver cómo su hija entraba con otro plato humeante, pero se extrañó al ver a la joven quedarse quieta mirando hacia lo alto de las escaleras, roja como la sangre. Cuando miró en su dirección, ella también aguantó la respiración.

Ankar estaba bajando las escaleras hacia ellos, pero lo estaba haciendo completamente desnudo. Su cuerpo estaba entrenado y con múltiples cicatrices, pero lo más chocante era la tranquila expresión del albino.

-¿Va todo bien, Ankar? -Preguntó Farah más extrañada por ese comportamiento que escandalizada.
-Parece que mi ropa está toda empapada. -Explicó el joven sentándose en la mesa. -Y como estuve usándola durante las últimas dos semanas, decidí lavarlas y colgarlas. Siento el retraso.
-No me refiero a eso...
-¿No? -El chico parecía perplejo.
-Me refiero a porqué vas desnudo.
-Oh, eso. No tengo más ropa, así que no tuve más opción.
-Pero... ¿Sabes lo que es el pudor, querido?
-Conozco el término, pero no lo comprendo del todo. -Dijo Ankar con tranquilidad.
-Mejor ven conmigo, creo que tengo algo de ropa de Richard que te puede servir.

Farah tomó a Ankar y se lo llevó rápidamente antes de que a su hija le diera un infarto, y subieron las escaleras hasta el tercer piso donde estaba el cuarto de la pareja.

-¿Por qué no me dijiste que no tenías más ropa? -Preguntó la viera mientras subían.
-No pensé que fuera importante. -Contestó Ankar. -Pero parece que estaba equivocado.
-¿En qué lo notaste?
-Ketriken estaba rara, y usted parece alterada. -Comentó el albino mientras pasaban al interior de la habitación.

Era grande, con varios armarios y tocadores. La cama estaba al fondo y las ventanas delante enfocadas al este. Estaba todo perfectamente ordenado, como caracterizaba a Farah. Fue a uno de los armarios y comenzó a sacar algo de ropa de Richard.

-Por el momento, como no saldrás de casa, te prestaré esto. -Le dijo dándole unos pantalones cómodos y una camisa, ambos de color gris. -¿También se están secando tus calzones?
-No he usado nunca calzones, señora. -Dijo Ankar poniéndose los pantalones. -Nunca pensé que fueran importantes.
-Bien, está decidido. Mañana, Ketriken, tú y yo nos vamos de compras. -Respondió Farah después de unos segundos de silencio. -No quiero verte desnudo por la casa.
-¿Acaso les ofendí? -Preguntó el joven al ponerse la camisa.
-No, querido... ¿Cómo te lo explicaría...? -La viera estaba pensativa, pero asintió. -Dime. ¿Sabes lo que es la vergüenza?
-Conozco la palabra y su significado.
-Pero... ¿La has sentido alguna vez?

Ankar se encogió de hombros.

-No, la verdad. Nunca he sentido incomodidad al hacer el ridículo ante nadie, y tampoco he sentido que haya perdido la dignidad por una humillación. -Dijo él acomodando el pantalón, ya que era algo más largo que sus piernas. -Hacer el ridículo es imposible de evitar en muchas ocasiones, y la dignidad debe ser mayor que una simple humillación.
-¿No has tenido nunca algo similar?
-No, señora.
-¿Y el pudor? ¿No lo sientes?
-Nunca he tenido problemas por mostrar mi cuerpo. Normalmente iba desnudo con mi familia, así que el concepto de pudor sí lo entiendo pero nunca lo he sentido.
-En pocas palabras, ni pudor ni vergüenza... -Terminó riendo Farah viendo cómo se encogía de hombros el joven.
-La vergüenza y el pudor son conceptos sociales, y yo solo he estado con mi familia.

La maga roja miró al chico detenidamente. Debería enseñarle etiqueta para evitar escándalos en la ciudad. Se sentó en una de las sillas y miró a Ankar.

-Verás, Ankar. Voy a tener que explicarte algunas cosas...

*.-.*.-.*.-.*.-.*

Ketriken estaba sentada al lado de su padre, roja como un tomate. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo y no sabía cómo actuar. Pero miró a su padre, sorprendida, al sentir cómo la tomaba de la mano.

-¿Estás enfadada con Ankar? -Preguntó él, a lo que ella negó con la cabeza.
-No... No, para nada. Solo... no estaba... preparada...

Su padre suspiró fuerte antes de hablar de nuevo.

-Lo imagino... Debería habértelo dicho antes. -Richard soltó la mano de la chica. -Verás, como Ankar no ha convivido nunca con otros humanoides, no sabe las normas sociales ni siente ni una pizca de vergüenza. Cuando su padre me lo dijo no pensé que sería un problema grave, si te soy sincero. Pero al ver esto creo que es algo más fuerte de lo que creía.
-Parece que está más acostumbrado a estar desnudo que vestido. -Comentó ella todavía roja.
-Es más que probable. -Asintió él. -Por lo que te quiero pedir algo.
-Dime...
-Explícale un poco las normas sociales. -Pidió Richard. -Él no entiende muchas de estas cosas aunque es posible que las conozca.
-¿Cómo por ejemplo?
-Mmmh... No le dejes bañarse en la fuente de la plaza. -Contestó riendo, y Ketriken soltó una carcajada, dejando ir toda la tensión de su cuerpo.
-Vale, creo que eso puedo hacerlo.
-Además, de esa manera quizás puedas aprender algo que la escuela no te enseñe.
-¡Papá! -Dijo riendo fuerte la chica. -Eres un descarado.

Luego de eso, Farah y Ankar bajaron las escaleras, con el joven vestido con una ropa cómoda de Richard de color gris.

-Siento la espera. -Dijo Faraheidy mientras se sentaba en su lugar, al lado de Ketriken. Ankar se colocó delante de la chica, al lado de Richard.
-Me disculpo por la conmoción causada antes. -Dijo el albino mientras miraba a Ketriken. -No sabía que en Burmecia no estaba bien visto el ir desnudo delante de personas del sexo opuesto. Espero que me puedas perdonar.
-No, tranquilo. Entiendo que nuestras culturas son diferentes, así que es normal que tengamos estos choques. -Dijo Ketriken bastante más tranquila, aunque recordar lo que había pasado la hizo ponerse colorada de nuevo. -Pero estoy segura de que podremos solucionar eso con la comunicación entre nosotros.
-Sí, disculpa. -Dijo él mientras miraba la comida, y cerró sus ojos un momento. -Bex Bahlok.
-Bex Bahlok. -Repitió Richard sonriendo. Esa expresión era una frase dicha por los que dominaban el arte del idioma dragoviano, y significaba ¨Se abre mi hambre¨. Muchos dragones decían eso cuando empezaban a comer. Vendría siendo el equivalente a ¨Buen provecho¨.

Cuando terminaron sus alimentos, Richard le dijo a Ankar que descansara después del largo viaje, y Ketriken dijo que iba a estudiar un rato más antes de acostarse. Cuando cerró la puerta de su cuarto, la joven viera se sentó en la cama y se puso colorada.

¨Como si pudiera ponerme a estudiar ahora...¨ Fue su último pensamiento antes de recordar lo que había pasado durante todo ese primer día junto a Ankar.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Noticias 29/05/2019

Bueno bueno bueno...

Después de tanto tiempo, el proyecto sigue en pie. Parecerá mentira, pero seguimos con esta historia.

Han habido muchos problemas en todo este tiempo y no nos ha permitido trabajar tanto en esto como hubiéramos querido, pero aun así hemos seguido adelante.

Las fichas de los personajes están todas reeditadas, con información vital y con nuevas y magníficas imágenes para cada uno de los personajes.

Pronto también expandiremos las razas y las clases para añadirles al menos algún tipo de imagen de referencia.

También pronto pondremos una sección sobre los diseños de las cartas del juego mundialmente famoso de Final Fantasy de Triple Triad. Son cartas hechas por nosotros mismos que tienen en sus barajas.

Y el capítulo 15 de la reedición sigue en marcha, con el nombre de "Familia".

Esperamos que os gusten todas las nuevas cosas que hemos puesto y las que están por venir. No olvidéis dejarnos algún comentario por favor.


lunes, 16 de julio de 2018

Leyendas del Cristal: Lylth 01


Lylth Whitewings
Capítulo I: La Noche Estrellada

Aquella noche estaba en su cama con la lámpara encendida leyendo un pequeño libro de cuentos de hadas. Siempre le habían gustado, y leerlos en la cama era el único momento en que sus padres no le decían nada. Tenía por aquel entonces ocho años recién cumplidos, y su prima Ella le había regalado ese libro, porque ambas compartían la pasión por la literatura fantástica.

De repente, se quedó completamente quieta y levantó la mirada. Su cuarto era pequeño, pero muy acogedor, y eso era suficiente para ella. Tenía un escritorio con un pequeño ordenador de donde surgía una suave música de orquesta con un fondo de pantalla de imágenes de dibujos animados. Las mesitas de noche y el baúl hacían juego con el enorme armario, ya que todos estaban pintados de un color salmón muy agradable a la vista. Por el suelo podían verse varios peluches de distintas formas, desde antiguos móguris de la serie ``Kupiz el aventurero´´ hasta un enorme chocobo gigantesco que era más grande que la niña justo debajo de la ventana. Los libros estaban bien ordenados en las estanterías, y la cama individual tenía una colcha roja donde estaba sentada la niña de cabellos rojos y ojos verdes con la pupila en espiral. Pero lo que le estaba preocupando no era su cuarto desordenado, si no un sonido que había escuchado. Y de repente cerró el libro de cuentos y lo guardó bajo la manta mientras abría un segundo libro sobre historia de la comarca justo en el momento en que se abría la puerta de su habitación.

-Lylth Whitewings. ¿Qué hora crees que es?

Por la puerta entró una mujer algo alta, con largos cabellos rojos atados en una trenza y unos grandes ojos verdes con pupila en espiral, igual a los de la niña. Llevaba puesto un jersei color cáscara de huevo y unos pantalones negros. Tenía un rostro serio, pero su sonrisa era muy amplia mientras caminaba hacia la niña con los brazos en jarras.

-Pero mamá, estaba leyendo sobre la época de la guerra civil entre Balamb e Iniclos. -Dijo la niña haciendo un puchero. -Es un tema fascinante.

-Hija, no hace falta que me digas esas cosas. -Respondió la mujer sentándose en la cama delante de ella, metiendo la mano bajo las sábanas y sacando el libro de cuentos. -¿Qué historia estabas leyendo?

Se mordió el labio algo incómoda. Sus padres eran Al´bheds, igual que ella, pero su padre era muy estricto y un devoto seguidor de la Iglesia de Minerva, a tal punto que ni siquiera los cuentos de hadas eran permitidos en su presencia. Pero su madre era mucho más accesible, aun cuando no era tan devota. Ambos eran doctores en la norteña ciudad de Iniclos, en la capital, pero eso no impedía que fueran a la iglesia cada domingo, o que antes de cada comida su padre levantara una plegaria a la gran diosa Minerva dándole gracias por los alimentos.

-Estaba leyendo la historia de Richard, el Caballero de los Dragones. -Contestó Lylth algo cohibida.

-Mañana el señor Enderson me ha prometido que me conseguirá el libro de ``El Periplo del Rey Maldito´´.

-Oh. ¿Ya salió el octavo libro de Erdrick Lotus? -Preguntó su madre sonriente. Ante el asentimiento extrañado de la niña, ella rió. -Yo también he leído a Lotus, tiene historias maravillosas, aunque tu padre no aprueba mucho que me guste eso. Dice que la fantasía no es más que la tentación de la diosa de la discordia, Última, para evitar seguir las enseñanzas de la Blanca Minerva. Pero yo creo que los aventureros de nuestro mundo se encuentran esas cosas y más. -Dejó el libro en la mano de Lylth y la besó en la frente. -Mañana, si quieres, después de que compres el libro con Enderson, te dejaré la trilogía de Zenithia. Es muy buena, de los tres libros, el segundo es mi favorito desde que tengo memoria, y el primero te deja con muchas dudas.

-¿De verdad? ¿Y si papá lo ve?

-No te preocupes, yo hablaré con él. -Sonrió y volvió a besarle en la frente. -Ahora, hay que apagar la luz, son casi las once de la noche y mañana tienes colegio.

-Sí mamá. -Contestó la chica echando los libros debajo de la cama. Tomó la manta y se la echó hasta el cuello. -¿Mamá?

-¿Si cariño?

-Te quiero mucho.

-Y yo también a ti. -Le dijo su madre antes de cerrar la puerta.

Suspiró fuerte, y caminó hacia las escaleras. Su hija no se merecía una vida tan cerrada por parte de su padre, pero su marido no iba a permitir cambiar. Toda su vida había sido así, y a estas alturas era muy difícil de hacerle ver que la religión no era la única solución.

Bajó las escaleras y entró en el salón, donde Maxwell, su esposo, estaba sentado en el sofá viendo un programa de entretenimiento. El alto al´bhed tenía el cabello bien cortado, de color rubio, y ropa cómoda para estar en su hogar, además de que sus ojos eran fieros y afilados, pero compartían el color de su esposa y la curiosa pupila. Al entrar la mujer, este la miró.

-¿Está dormida ya?

-Casi, estaba estudiando un rato antes de ir a dormir. -Contestó ella sentándose en el sofá de enfrente. -Max, tenemos que hablar.

-¿De qué? -Preguntó su marido tomando un sorbo de una pequeña botella de agua. -¿De esa predilección que tiene tu hija sobre las fantasías irreales y las mentiras para mentes ingenuas? ¿Es de eso de lo que me quieres hablar?

-Precisamente, y de tu forma de expresar tu descontento hacia esas historias. -Respondió ella soltando un fuerte suspiro.

-Patricia, hemos hablado muchas veces de esto. -Dijo Maxwell dejando la botella en una pequeña mesita a su lado. -Ese no es el camino de Minerva.

-¿Por qué estás tan seguro? -Preguntó la madre de la niña echándose hacia el respaldo del sofá. -Los cuentos de hadas son metáforas para la gente, para aprender mientras se divierten.

-No empieces con tus psicologismos ahora, amor. -Repuso molesto el hombre. -Sabes que no lo soporto.

-Es increíble que un hombre de ciencia tan importante en Gembu crea a capa y espada en la doctrina de Minerva. -Empezó a hablar Patricia. -Somos al´bheds, mi amor. Y Minerva solo le da su consentimiento a los humanos.

-Los al´bheds solo somos humanos un poco más evolucionados. -Empezó a decir él. -Los últimos estudios del genoma humano han demostrado que descendemos de una misma línea.

-Si, igual que los Selkies y los Mithra, pero eso no significa que vengamos de los humanos. -Repuso Patricia. -La historia nos ha dado la respuesta hace veinte años con el descubrimiento de los Incetra.

-Precisamente, y los Incetra tienen forma humana.

-Amor, nunca vas a aceptar que estás equivocado. -Cortó la mujer seria. -Ni que puede haber otra cosa. Pero no se lo hagas pagar a tu hija, por favor.

-¿Qué quieres decir?

-Tu hija te tiene miedo.

-No digas tonterías.

-Te tiene miedo. -Repitió la mujer. -Y todo porque no le dejas leer cuentos de hadas, o ver dibujos animados de los que le gustan.

-Patricia, hemos hablado muchas veces de esto. No me gusta nada que la niña crea en fantasías y cuentos de hadas, le embotan el cerebro y no le dejan ver el camino hacia la Diosa Blanca. -Repuso el padre, molesto.

-¿Y porqué no vas un rato con ella y le demuestras que no existen las hadas, las sirenas y los dragones? -Preguntó ahora molesta la mujer.

El hombre se quedó en silencio, y suspiró fuerte.

-Bien, tú ganas. El sábado iremos de campamento. ¿Te parece bien?

-¿Dónde iréis?

-Iremos al pequeño bosque al norte, donde está el lago helado.

-¿Por qué ahí?

-Porque se dice que ahí vive un espíritu maligno. -Explicó el hombre levantándose. -Según la leyenda sale por la noche. Si tu hija está ahí para ver que no sale nada, entenderá la verdad.

-¿Y cómo sabes tu esa leyenda? -Preguntó perspicaz Patricia, y Maxwell se dirigió a las escaleras para ir a su habitación.

-Hay que saber qué piensa el enemigo.

*.-.*.-.*.-.*.-.*

-¿Lo lleváis todo?

-Si mamá.

-¿Cepillo de dientes?

-Aquí.

-¿Mantas para la noche?

-Todas ellas.

-¿Comida enlatada?

-Y también una olla. Lo tenemos todo, Patricia.

-Bien, entonces id con cuidado. ¿De acuerdo?

Lylth llevaba una gran mochila y un abrigo grueso. En aquella época en Iniclos no hacía tanto frío como era lo normal, pero aún así era un tiempo helado que si no se llevaba bien podía costar la vida, o al menos la salud, de la gente. Su cabello rojo estaba cubierto por un gorro de lana blanco con bordes rojos, y su abrigo tenía los mismos colores. Su padre llevaba algo similar, pero con colores más oscuros. Estaba tirando de ella, encima del trineo, llevando a la niña y la mochila llena de objetos, listos para acampar.

Saludaba a la gente que se encontraba, pues la conocían desde siempre, y Maxwell parecía estar contento, con una sonrisa en los labios. Su padre le preguntó sobre la escuela, y ella le explicaba cómo había vuelto a ser la primera en los últimos exámenes.

-Eso está muy bien, cariño. -Dijo su padre al terminar de explicar el exámen. -Estoy muy orgulloso de ti, pero recuerda que la escuela es solo un paso más para la comprensión del universo.

-Si papá.

-Tienes que empezar a leer con más frecuencia el Grimorio del Abismo. -Continuó su padre mientras caminaban por la nieve. -Dentro de ese libro vienen todas las respuestas, solo hay que saber leerlo.

-Pero papá. ¿No es similar al Gran Grimorio de Suzaku? -Preguntó la niña con curiosidad. Su padre la miró extrañado.

-¿A qué te refieres?

-Hace poco, en las clases de ética y moral, me pidieron hacer una redacción sobre las diferencias entre ambos libros sagrados. -Explicó Lylth tomando un poco de nieve, sin bajarse del trineo, y la empezó a hacer una bola. -Según la maestra Pepper, era para que comprendiéramos mejor la historia que nos ha precedido.

-Bueno... no es igual. -Dijo su padre con una sonrisa tranquila, mirando de nuevo al frente. -El Gran Grimorio de la religión de Suzaku no es más que una burda imitación de nuestro Grimorio del Abismo. Si te fijaste, casi todo es igual.

-Es cierto, pero... ¿Sabes? Encontré algo curioso.

-¿El qué, hija?

-Para hacer bien esa redacción, fui al templo de Minerva al sur de la ciudad.

-Oh. ¿A la gran catedral?

-Si. Allí hay muchos libros. Y busqué. Resulta que el Gran Grimorio y el Grimorio del Abismo surgieron casi al mismo tiempo, según fuentes teológicas fidedignas. -Explicó la niña lanzando la bola hacia su padre, que la esquivó.

-Oye. ¿Quieres empaparme ya tan pronto? -Preguntó riendo el hombre. -¿Y qué más encontraste?

-Según esos estudios, es muy posible que el Gran Grimorio date de antes que nuestro Grimorio del Abismo. -Explicó la niña balanceándose en el trineo. -Pero claro, eso se explica por los libros más antiguos que se han encontrado, que son el Gran Grimorio de la capital de Suzaku y el Grimorio del Abismo que está en la sede de la religión minervana en Midgar.

-Entonces... ¿Crees que los de Suzaku fueron antes que nosotros?

-No estoy segura. Las pruebas dicen que si, pero la religión minervana es mucho más extendida que la politeísta de Suzaku. Es extraño, es como si... -Pero la niña se quedó callada.

-Puedes continuar. -Dijo su padre mirándola, mientras se detenían. No estaban muy lejos del lago. -No me voy a enfadar.

La niña lo miró con dudas, pero tragó saliva antes de hablar.

-Bueno... Es como si alguien no quisiera que se sepa más del pasado. Como si no les interesara que la gente lo sepa.

-¿Te refieres a un complot o una conspiración? -Preguntó levantando las cejas Maxwell, a lo que la niña asintió. -Bueno, no es una idea descabellada.

-¿Qué quieres decir, papá?

El hombre se puso a caminar de nuevo, ya casi al lado del bosquecillo. La niña no quería que su padre se enfadara, así que no dijo nada hasta que él volvió a hablar.

-A veces, la gente no debe saber según qué cosas. -Explicó su padre sin mirarla. -Hay conocimientos que no están hechos para el común de los mortales.

-¿Cómo las técnicas genéticas que usan en Fígaro?

-Es posible. Sin embargo, hay organizaciones que saben que esa información es peligrosa.

-Como la Iglesia de Minerva.

-Exacto, como la Iglesia. -Respondió Maxwell asintiendo. -Has de entender que, si la gente supiera todo lo que sabe la Iglesia, se volverían locos. Por eso es posible que algunas informaciones no hayan salido a la luz.

-Pero papá... eso se llama ´´Censura´´. ¿No es así?

-No cariño, se llama ´´proteger al prójimo´´. Y ya hemos llegado. -Dijo deteniéndose.

El bosque era pequeño, rodeando un lago no muy extenso que se había congelado miles de años atrás. El lugar era muy hermoso, tranquilo, y un lugar muy apacible para acampar siempre que estuvieras listo para el frío de la mañana. Lylth se bajó del trineo y llevó la mochila hacia la sombra de unos árboles, ya que si nevaba era mejor tener otra cubierta, y su padre preparó una zona del suelo para que la nieve no molestara, y pusieron la tienda. Era una de estas modernas, que podían montarse con dos movimientos, pero la tela superior para evitar lluvias y nieves debían ponerla entre ambos. Después de eso, tomaron algo de madera, la secaron con un secador a pilas e hicieron un fuego para cuando sea la hora de comer.

-Papá. ¿Y si alguna vez no tenemos un secador para que la leña esté bien?

-Por eso antes de salir siempre tienes que estar preparada, cariño. -Explicó su padre. -Nada hay mejor que la buena preparación.

Durante todo el día estuvieron jugando en la nieve, patinando en el lago y hablando sobre descubrimientos científicos que su padre le explicaba cuando ella no entendía nada. Cuando empezó a caer la noche, Maxwell le pidió que se sentara.

-Mira, uno de los motivos para venir aquí es por la leyenda de este lago.

-¿Conoces leyendas? -Preguntó la niña asombrada.

-Algunas. La leyenda de este lago dice que en el fondo, hace muchos años, un ser maligno fue sellado por un clérigo de Minerva. -Explicó el padre mientras señalaba al lago. -Según la historia, ese espíritu lleva hasta el fondo de sus aguas a los buenos creyentes como odio y afrenta a Minerva, ya que un clérigo de la Diosa Blanca lo encerró. Solo aparece por la noche, cuando la luna está en lo más alto.

-Vaya...

-Por eso hemos venido. Para que veas esto. -Dice Maxwell serio. -Te propondré un trato. Si aparece ese espíritu, dejaré que sigas con tus aficiones, sean cuales sean. Pero si no aparece, te olvidarás de esas tonterías y te enfocarás en el estudio eclesiástico. ¿De acuerdo?
Lylth asintió con fuerza, y se quedó mirando el lago. Era un lago bonito, con el hielo suficiente para poder patinar pero no tanto como para poder llevar cargas pesadas. Según lo que sabía, era cierto que no se había descongelado en cientos de años, pero no era posible que fuera por un espíritu.

Miró a su padre, que estaba preparando unas latas de alubias para calentarlas en el fuego, y se levantó sin que se diera cuenta. Todavía tenía ganas de jugar, y la aurora boreal iba a darle suficiente luz para poder ver, así que tomó el trineo y fue hasta una zona alta. Quedaba mucho para que la luna estuviera en lo más alto, tenía tiempo para jugar antes de que apareciera.

Cuando llegó a lo alto, sin embargo, se tropezó con una piedra, cayendo en el trineo, y este deslizándose bastante rápido hacia el lago. El grito alertó a Maxwell, que vio como el trineo bajaba a toda velocidad. Salió corriendo hacia él para sujetarlo, pero pasó por delante del científico sin detenerse. Él continuó corriendo hacia su hija, cuyo transporte se estaba deteniendo poco a poco. Cuando lo tomó por las riendas, jadeante, miró a Lylth, la cual estaba pálida.

Y cuando fue a decirle algo, un sonido le heló la sangre también. Miró hacia abajo y pudo comprobar que estaban en el mismo centro del lago congelado, pero que unas grietas habían aparecido debajo de sus pies y bajo los rieles del trineo. Se movió lentamente para tomar a su hija en brazos, pero al hacerlo, el hielo se terminó de quebrar y cayeron ambos al agua.

El frío era tal que parecía como una aguja se clavara en cada célula de sus cuerpos. Pero lo peor que sentía Lylth era como el trineo tiraba de ellos dos hacia el fondo, ya que una de sus cintas se quedó trabada en su pie. Y un momento de lucidez vino a su mente: Iban a morir ahí. Si no era por ahogamiento, era por el frío, y si no era por eso y conseguían salir, no podrían llegar hasta la ciudad a tiempo para ver un doctor. La hipotermia dañaría sus cuerpos irremediablemente.

No pudo aguantar más la respiración y soltó el aire, sintiendo como hielo puro le atravesaba la garganta. No sabía si podía llorar, pero sentía que estaba pasando.

Y cuando sentía que no iba a poder más, unos brazos la tomaron entre ellos. Sonrió al pensar en su padre, pero al abrir los ojos, no eran los ojos verdes de Maxwell los que la miraban, si no unos hermosos ojos azules sin pupilas. Se asustó por un momento, pero los brazos que la sostenían la tomaron con más fuerza.

-Tranquila. -Dijo una voz femenina muy suave y hermosa. -Si no te mueves mucho todo irá bien.

Miró de nuevo, y esta vez pudo encontrarse con una hermosa sirena en el agua, llevándola en brazos. Su piel era de un azul claro, casi blanco, similar a la nieve virgen. Sus ojos azules eran como los del cielo despejado, igual que sus cabellos. Las escamas de su cola eran de un turquesa brillante. Algunas zonas de su cuerpo humanoide estaban en un color azul más oscuro, como unas largas líneas que tenía bajo los pechos, sus labios, sus perfectas uñas o los pezones que adornaban su abundante busto.

-Respira, querida. -Dijo la sirena con una sonrisa. -Mientras estés aquí conmigo no te va a pasar nada. ¿Tienes frío? Ven... -Y la sirena la abrazó.
Casi al instante el frío comenzó a dejar de sentirse, y Lylth pudo mirar alrededor. Inspiró fuerte, sintiendo que ya no se ahogaba, y comenzó a toser fuerte. La mujer azulada sonrió y le dio unas palmadas en la espalda.

-¿Te sientes mejor? -Preguntó ella, a lo que la niña asintió. -¿Cómo te llamas?

-Lylth... ¿Y tú?

-Yo me llamo Bluebell. -Contestó la sirena con una hermosa sonrisa. -Te doy las gracias, Lylth.

-¿Por qué?

-Por haberme liberado. -Respondió Bluebell. -El hielo era un sello que no me permitía salir de aquí.

-¿Yo te liberé?

-Así es. Solo alguien que realmente quería llegar a verme podía romper el hielo.

-¿Y qué vas a hacer ahora?

-Depende de ti. -Repuso Bluebell señalando con la cabeza a un lado. Lylth se giró, y vio a su padre desmayado en el agua. -¿Qué quieres hacer con él?